28 Octubre 2009
Me inquietan las imágenes turbadoras. Dice el poeta que caminamos hacia la oscuridad de la luz. Prefiero asirme a la belleza. A la efímera belleza que reconcilia con la vida. Hallo el elixir purificador en unas sonrisas: la magia de lo indecible. El fulgor de las palabras, la calidez de unas voces cómplices, el arrullo que me abriga. En un día nublado de otoño no siento ni frío ni calor. Desterrado el limbo, queda el purgatorio como espacio de transición, esfera cristalina que mana salud. Bajo los portales evito las sombras, el olvido del infierno, la luz cegadora. En los días impares un viento irisado oculta el sol.
servido por liber
sin comentarios
compártelo
27 Octubre 2009
La memoria es el mejor espejo. Mirar atrás, pararse en el avituallamiento, echar cuentas. Hacer un alto en el camino, fortuito, sincero, sin esperar a cambiar de año o a comenzar el curso o el otoño; responder a nuestros impulsos. Mirar atrás y auscultarnos, sin prisa. Encontramos en nuestro mapa personal una serie de fechas claves. En mi caso veo cada tres o cuatro años un acontecimiento, ya digo, imprevisto, que me ha marcado más de la cuenta. Son flechazos, golpes de la fortuna y desastres que nos condicionan para siempre, que dejan su mella física en cicatrices, sonrisas bobas, marcas irremplazables. Ya llegaremos, no hay prisa, en el fondo desconocemos el camino. En el espejo veo que lo más importante surgió de improviso. Las fechas a recordar, las escenas claves, los momentos cumbre de nuestra vida aparecen como accidentes. Hay escenas que aparecen borrosas, pero otras nos persiguen como perros sarnosos. Mejor dar rienda suelta al pensamiento automático, no racionalizar demasiado, porque falseamos el álbum de fotos y según el estado de ánimo parece pastel o amarillo. Nos gusta creer que un simple corte de pelo, que un cambio de peinado puede suponer una revolución copernicana, como el salto del cerebro límbico al neocórtex. Entre Freud y Darwin, de la inteligencia emocional al sentido común. Las visitas a la peluquería, como los avituallamientos, como cuando compramos ropa, son un ritual, una exorcización, un paseo por espejos rotos. Los cambios de sentido son señales poco frecuentes, pero además del stop, podemos usar más las rotondas, los intermites, cinturones, volantes, cambios de marcha. El carné nos caduca de usarlo demasiado. Los espejos también se reemplazan.
servido por liber
1 comentario
compártelo
26 Octubre 2009
Acurrucado en los matorrales siente el aliento cercano a la yugular. Las gotas de sudor que rebotan en la tierra es el único sonido que percibe. Con la boca reseca, nota el paladar helado. Dolorido, no puede mover el brazo izquierdo. Recuerda momentos de gran placer.
Envuelto en las sábanas saboreaba el elixir de orgasmos interminables. Nunca pensó que acabaran. Nunca pensó que percibiría sensaciones más intensas, más terribles. Se acariciaban los cuerpos, olían su piel. Se aferraba a sus pechos, humedecidos de saliva. El roce de los dedos, las piernas unidas, lo acercaban al éxtasis. La sangre adquiría el color del fuego.
Un viento oscuro le atraviesa la nuca. El frío se le incrusta en los huesos y le entran ganas de rezar, después de tantos años. Un olor mortuorio lo sacude. El brazo derecho tampoco le responde. Como una apisonadora, lo aplasta el gélido tacto de una mancha negra. No ve el color de la sangre.
servido por liber
sin comentarios
compártelo
26 Octubre 2009
Yo soy otro, nos sugería Rimbaud, al tiempo que recordaba que la vida siempre está en otra parte. Elizabeth Costello se dedica a escribir y a viajar por el mundo. Desde las antípodas recorre el mundo para conocerlo, para conocerse. En un viaje interminable, traspasa continentes y épocas quizá sin saber lo que busca. Como una Ulises contemporánea no deja de escribir y de pensar haciendo interminable su viaje. Parapetada en conocimientos y búsquedas araña causas imposibles para asirse a la vida. Ante la falta de creencias, ante el paso del tiempo como pérdida, Elizabeth Costello recurre a las pequeñas cosas, a los animales que no hablan pero que sienten, a las figuras dionisiacas enterradas por creencias religiosas y laicas. Un libro difícil. Un libro alegórico que nos aleja del pensamiento convencional, que nos provoca invitándonos a pensar. Un viaje por el ecologismo más radical, por la vuelta a una religiosidad primigenia, una apuesta por la pasión, por la fuerza de la pasión frente al descrédito de las creencias. Un repaso por el mundo literario, por las ambiciones que mueven el mundo intelectual, con incursiones en un mundo kafkiano en el que no hay viajes de vuelta, donde los dioses juegan con los humanos, los humanos con los simios, donde las fronteras son simbólicas, infranqueables, donde se tienden puentes imaginarios, donde el espacio se difumina y nada es lo que parece. Juego de muñecas rusas, tentaciones inalcanzables, deseos prolongados y efímeros. Coetzee nos invita a acompañarle en una novela/ensayo, por una ruta estrecha, escarbada en la que las luces se confunden con las sombras, en la que el mito de la caverna nos arrastra a las profundidades de la razón, a los fantasmas que fantasean con nuestros sueños. No nos lo pone fácil Coetzee. Escarba en nuestras mentes y encuentra vísceras agridulces, neuronas excitadas, intestinos coleando entre la vida y la muerte. La alegoría kafkiana adquiere tintes dantescos en algunas páginas con connotaciones y comparaciones del holocausto, con paseos entre prometeicos y órficos. Es Elizabeth Costello un libro crepuscular desde una voz femenina que se enfrenta a la opacidad, un contrapunto a otras voces masculinas en las que el alter ego del premio Nobel sudafricano está también presente. El personaje de Elizabeth Costello aparece como secundario en otros de sus libros, como en Hombre lento. Hay escenas de sexo en este y otros libros de Coetzee, aunque nunca tan explícitas y abundantes como en Philip Roth, por ejemplo. Sigo prefiriendo y recomendando la novela Desgracia como la gran obra de este escritor inclasificable y desasosegante.
servido por liber
sin comentarios
compártelo
25 Octubre 2009
Siempre me ha fascinado la imagen del escorpión. El escorpión subido a la rana, el escorpión que hace promesas que no cumple. Parecería que las promesas están para no cumplirlas. El escorpión encima de la rana quiere darse una segunda oportunidad, quiere demostrarse, quiere demostrarle al mundo, quiere demostrarle a la rana que confíe en él, que puede confiar en él, que podemos cambiar, que por encima de nuestra naturaleza -el escorpión después de picar a la rana le dice que es su naturaleza, trágica naturaleza-, que más allá está su voluntad, que se convierte en su falta de voluntad. Nos ponemos a prueba para darnos una segunda oportunidad, para sucumbir ante el fracaso. Se nos queda cara de escorpión cuando fracasamos, cuando nos hundimos de nuevo en el fango. La rana tiene cara de samaritana, de hospitalaria y redentora. La rana quiere hacer una buena labor, cree que no será picada porque ambos morirían, cree que nadie atenta contra su propia vida. La rana no conocía a quienes se inmolan, la rana no conoce de vicios y autodestrucciones, la rana peca de exceso de confianza, de ingenuidad. Me da más pena el escorpión. Queremos creer en la redención, en el poder liberador de la voluntad, en el esfuerzo por salir adelante, en nadar contracorriente. La imagen del escorpión clavando el aguijón sobre la rana resulta pavorosa, terriblemente humana. Más que una traición, es una derrota, la fuerza del mal, la sabiduría de unos poderes ocultos que nos guían en la dirección opuesta. Fascinante y aterradora es la visión de ese matrimonio mal avenido, la negación del amor, el triunfo de la desesperación. El escorpión nos reconcilia con nuestros instintos más bajos, nos descubre una insana humanidad, la naturaleza salvaje, la fuerza sanguinaria del exceso de amor, el abuso de poder, la violación como principio, el animal rastrero que nos acompaña, las luces en la oscuridad. La cara del escorpión es brutal, sincera. Un escorpión nos persigue por la noche para robarnos las entrañas. Qué difícil es convivir con el escorpión que llevamos dentro.
servido por liber
sin comentarios
compártelo
25 Octubre 2009
21 Octubre 2009
Hablar mucho alarga la vida. Lo dice Rojas Marcos. Psiquiatra. También dice que las mujeres, que hablan mucho, viven más, más años. La longevidad, la esperanza de vida, los muchos años como criterio de salud, de salud física y mental. Los que no hablamos mucho, escribimos; algunos hablan y escriben mucho; pobres de los que ni hablan ni escriben. Los que escribimos, aunque hablemos poco, también movemos las neuronas. Pero no es lo mismo, no hace falta llamarse Rojas Marcos para entender que no es lo mismo. No hace falta ser optimista, como Rojas Marcos - optimista antropológico dicen ahora- para saber que no es lo mismo. Al escribir intentas comunicarte, pero no es una comunicación directa, la comunicación es diferida, en espera de un futuro lector, una seudo-comunicación. Si lo pienso bien, es bien triste escribir. Parece que dejemos de hablar para escribir. La escritura es un oficio y dejas de hacer otras cosas para ponerte a escribir. Hay algo de renuncia en el acto de escribir. Es una elección más: toda elección es renunciativa, excluyente. Hasta cuando escribe el optimista de Rojas Marcos hay un elemento de renuncia. Escribir es dejar de hacer algo, mientras escribo no puedo ver la televisión, ni contar las moscas, ni tocarme las narices, ni siquiera hacer cosas más productivas. Sólo jugar con las palabras, no con las personas, sólo con las palabras, porque escribir implica concentración, soledad, aislamiento, renuncias sociales. Elegir es complicado, necesario, es ejercer el libre albedrío, optar, tomar partido, decantarse por esta o aquella palabra en detrimento de otras. Hablar mucho alarga la vida, aunque en Los viajes de Gulliver nos proponían acompañarnos de los objetos para identificarlos y no castigar las cuerdas vocales, nuestras laceradas cuerdas vocales. Pero al hablar no nos referimos sólo a los objetos. ¡Qué va!, lo de menos son los objetos, o las personas, al hablar nos referimos al mundo, a todo y a nada, a las relaciones, sensaciones, deseos, es un pasar el tiempo, un dejar pasar el tiempo. Como cuando escribimos, pero con alguien delante, con alguien diferente a la pantalla del ordenador, que se ríe, que suspira, que mira de reojo el reloj, que se distrae de vez en cuando, que nos responde aunque no siempre nos dé la razón, hablar es diferente, y alarga la vida. Escribir sirve para pasar de página, para matar el tiempo, para jugar con las palabras, pero no te haces más viejo por escribir más. A veces pienso que escribir me aleja de la vida, aunque tampoco creo que la gente hable para alargar la vida. Qué cosas dicen los psiquiatras. Mientras hablan, mientras dicen estas cosas, los psiquiatras creerán que se alarga su vida. Hablar por hablar; a veces no difiere tanto hablar de escribir, de callar.
servido por liber
sin comentarios
compártelo
19 Octubre 2009
La lluvia es como la tristeza, empapa y empapa, sin tiempo a secarnos. Húmeda y caprichosa, la tristeza, se adhiere a los huesos y no deja salir el sol. La lluvia cae gota a gota, vertical y duradera, hacia abajo, se expande como la gripe. Con el calor se seca la lluvia, la tristeza se adapta al buen tiempo. En primavera y en otoño no hay chubasquero que nos proteja, siempre llueve cuando menos lo esperas. En verano y en invierno somos más precavidos, nos abrigamos o desnudamos más. Pero en entretiempo quedamos vulnerables. Despreocupados nos arrasan los vientos del equinoccio, sea en primavera o en otoño la tristeza se pega a la piel. Como un forastero indeseable la piel se reseca y hace mella en las costumbres, en el mal genio, en la apatía, en el hastío, en el frío que lo cubre todo. Llueva o no llueva, el frío se cuela por las persianas y arrasa con las cortinas, con las lágrimas, descorcha la pintura, agrieta las manos, reseca el carácter. Es triste hasta con el amor, es más triste aún con el amor. Con la falta de amor es permisiva, la tristeza. Con el amor se recrea, hunde sus garras en el amor y lo carcome, con fruición, lentamente, como las termitas. En primavera y en otoño es mejor cerrar bien las ventanas, no dejar un resquicio al mal humor, tender la ropa fuera, ventilar las habitaciones vigilantes y atentos, con la escopeta cargada de alegría. En los tardes de otoño un pájaro de mal agüero deposita sus excrementos en la ventana de nuestra felicidad. Para un otoño placentero hay que desempolvar las alfombras hacia fuera, libres de virus y malas compañías, vaciando los cajones, despejando los pasillos, liberando las motas de tristeza que arañan la memoria. Lo mejor es tender las fotos boca a bajo, como la lluvia, esperar que salga el sol y ver si tienen manchas. Las fotos amarillentas hay que lanzarlas al contenedor de basura que no admite reciclaje: la tristeza es contagiosa.
servido por liber
16 comentarios
compártelo