El olvido que seremos, Héctor Abad Faciolince
Fue un buen padre y una mala madre. Un hombre ingenuo y sonriente. Padre tolerante y liberal, idealista, torpe, entusiasta y teórico, activo y utópico. Acompañado de una mujer práctica, religiosa y espontánea. Padres de una familia numerosa en el país más violento del mundo. Inventó la medicina social rodeado de niños, de mujeres, de universitarios. Y de un hijo que nos cuenta su historia, la de una familia entre rosarios y la ilustración, entre la fe y el racionalismo. Hijo: ¿cómo estás de pureza? le preguntaban en olor a sacristía. Cerca de la felicidad, del realismo mágico, donde se cae un ojo, o el dedo gordo del pie, donde se atascan las tuberías por las lombrices intestinales, cada uno reza el rosario a su ritmo, se ven espaldas como delfín con nariz en mitad del lomo o de ballena jorobada, adulteras contagiosas, planchadoras con las trompas ligadas, se usa el futuro de subjuntivo, se confunden las sandias con los hígados. Un mundo familiar y paradisíaco que se nubla con la llegada de la enfermedad y la muerte. El sexo, los caballos y los coches quedan anulados por el cáncer y los sicarios. El activismo social y el hambre, que se cura con un huevo y un vaso de leche, se oscurecen por el fanatismo, los paramilitares y la guerrilla. Los derechos humanos quedan en papel mojado cuando la justicia no existe, la violencia manda en las calles y las armas imponen su ley. La sangre, primero como rosario de perlas mortales engarzadas a flor de piel, luego como charco de balas e intolerancia en la carne de un hombre bueno. Una familia sana y feliz es destrozada y humillada, invitada a la venganza por pasamontañas de cólera y destrucción. Frente a la sal corrompida sólo queda la palabra sanadora, la memoria frente al olvido, la razón ante la locura colectiva. Accidentes y presagios en un mundo cuesta arriba, en una familia que hereda la orfandad y el exilio, que está obligada a no olvidar. A ser escuchada y leída con el ¡Que no quiero verla! de Lorca, aunque seamos con Quevedo un fue, un será y un es cansado y Manrique Recuerde el alma dormida, con Borges Ya somos el olvido que seremos, pero según Machado el valor es virtud de los hombres de paz, amor al prójimo es lo específicamente humano, como las voces de Platón, de Montaigne, de Sócrates o de Proust.
