Voces
En Navidad aumentan las llamadas a los detectives. Voces femeninas suenan al otro lado del cable. Con delicadeza y cierto pudor invocan la privacidad. Imploran complicidad, un espacio entre el misterio y el secreto, el confesionario. Oigo al otro lado palabras a modo de plegaria, de último recurso. Cada situación es diferente, todas son comunes. Quien llama al detective busca revivir un pasado que ya no existe, quiere recuperar lo perdido, aboga por un sentimiento egoístamente solidario, por restablecer la paz truncada, hojas caídas sin primavera, la de su familia. La llamada al detective es un gesto familiar de raigambre social, de vocación comunitaria. Nadie pide ser investigado, controlado, para eso quedan los guardaespaldas, los psicólogos, los testaferros. La llamada al detective busca pruebas que confirmen la sospecha, indicios razonables de una tormenta en día encapotado, asegurarse de que compramos un paraguas que se va a empapar. Distancias familiares, problemas de pareja, sospechas de infidelidad, traiciones laborales, engaños, el hijo díscolo, el padre desorientado, la herencia, el qué dirán, siempre la ruptura de un pacto social, de un pacto implícito en ocasiones. Para conocer las miserias que contiene una carta tenemos que violar el sobre. En la llamada al detective hay despecho o revanchismo, ajuste de cuentas, último recurso, afán renacentista, gesto redentor. Levantamos las cartas ocultas cuando intuimos que no somos el primero en romper las reglas del juego, cuando deducimos que las reglas han cambiado y somos los últimos en enterarnos. Quien mejor informado se cree, es el último que se entera. Las verdades mayores no requieren explicaciones, los motivos las trascienden, los hechos las desvelan. Cuando se enciende la lámpara de la mesilla aparecen realidades reservadas al duermevela, luces deslumbrantes, sueños de una nueva mañana. El detective, como quien echa las cartas, escucha en el discurso quebrado de una voz dolida el final de una película ya vista. En la confesión va la penitencia, a veces el perdón, la venganza, siempre la toma de conciencia, asunción de los hechos consumados, de lo que se nos viene encima. Cuando llaman por teléfono, en Navidad con más frecuencia, y aparece al otro lado una voz implorante, casi siempre femenina, que reclama los servicios de un detective, de un detective que hace más de diez años dejó un número que yo heredé, siento el temblor ajeno redivivo en un año nuevo por llegar, en unos problemas casi siempre familiares, casi siempre ya inevitables, que llegan por las ondas telefónicas a modo de sentencia de infelicidad, de desazón, de nochevieja nada detectivesca, de año viejo, de niño asustado ante el auricular.
