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22 Noviembre 2011

Sostiene Pereira, Antonio Tabucchi

 

Sostiene Pereira, católico, viudo y apolítico, que su amor es la literatura, y el retrato de su mujer. Sostiene que le sobran kilos y no cree en la reencarnación de la carne, sí en la del alma. Sostiene que es amigo del padre Antonio, sostiene que es un periodista que se entera de lo que pasa preguntando al camarero Manuel. Sostiene que es más xenófilo que patriota, que le gusta comer y se cansa, que come omelettes a las finas hierbas y toma limonadas con mucho azúcar. El cardiópata le prohíbe el alcohol, los dulces, la ducha fría y el tabaco, el sexo no hace falta. Visita las termas y los balnearios y el joven doctor le habla de la confederación de las almas, de los yos emergentes, de frecuentar el futuro, que abandone el luto y el pasado, que se despida de la infancia, del retrato de su mujer, de la portera confidente de la policía, que actué en tiempos tan convulsos, con las guerras europeas a las puertas de Portugal, que abandone la melancolía de Lisboa, del Tajo, de su admirado Pessoa, de los escritores franceses, que cierre la puerta de la nostalgia. Sostiene Pereira que apoya la causa de Monteiro Rossi y su novia Marta porque hubiera queridos ser padre, porque los ve indefensos y le abren una ventana al futuro. Sostiene que su querencia por las necrológicas y las efemérides lo atan a la realidad, al director del periódico, a la corbata negra, a los zapatos que no permiten descansar, a los taxis y los tranvías lisboetas, al teléfono que descuelga, a Rilke, Lorca o Balzac, a la censura. Sostiene que le atrae la muerte pero quiere vivir más intensamente, si no le sobraran kilos, si no hubiera sido feliz en la infancia, él que es viudo, cardiópata e infeliz, amigo de los judíos, un hombre bueno amigo de los rituales, que soporta al director y a la portera, resignado y cercano al arrepentimiento, atrapado por el calor atlántico y los ventiladores viejos, por la humedad de la brisa y el bochorno. Necesita que unos matones entren en su cuchitril para rebelarse, para sublevarse contra el mundo, para poder hacer la maleta y con un pasaporte ajeno huir lejos de su resquebrajado yo, de un mundo intolerante que carcome su anarcoindividualismo, hacia lugares que ya no tendrán espacio en esta historia, en la historia del despertar de Pereira, un hombre grueso que desaparece con un retrato hacia arriba para que respire mejor, que por primera vez quiere ser responsable de su historia, sostiene Pereira.

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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