La bicicleta estática, Sergi Pàmies
La distancia que separa a los hijos de los padres nunca la alcanzará una bicicleta estática. Pedalear sin moverse es luchar contra el viento, moverse sin avanzar. En La bicicleta estática hay aceptación del paso del tiempo, esfuerzos a contracorriente y resignación ante las huellas que la nostalgia deja en el espejo. Los relatos breves de este libro continúan la línea de Si te comes un limón sin hacer muecas. Narrativa sobria, psicológica con dosis de tristeza y surrealismo, con ironía y ternura, pero más autobiográficos. Se inicia con los problemas de identidad, del doble (Benzodiazepina). También recorren sus páginas el suicidio (La isla), la muerte (Cien por cien seda natural), la enfermedad (Ataraxia). Es al hablar del padre (El mapa de la curiosidad) cuando el narrador adquiere un tono más lírico, más cercano. Las crisis de pareja es otro referente en La bicicleta estática. Y la familia en general, y la relación con los hijos en particular, como en el brillante texto Acostarse temprano. Los hospitales también hacen acto de presencia, con pastillas, fobias y operaciones, que recuerda a T. Bernhard. La infancia es homenajeada críticamente a través de un trasgresor paseo por El principito. La fábula es utilizada en Un año de perro equivale a siete años de persona. Los viajes, las maletas, las dificultades en los aviones nos remiten al ingrato pedaleo en la bicicleta inmóvil, al viaje sin destino, a la confluencia entre el viaje interior y el exterior. En las historias de amor inconclusas se trasmite un aire cercano a los cuentos de Benedetti, aunque la narrativa de Sergi Pàmies (traductor de Amélie Nothomb) se aproxima más al mundo de Millás, de Carver, de Quim Monzó, en el retrato psicológico, en el extrañamiento ante el mundo de los personajes, en esa incomodad que se manifiesta a veces en no acertar al ponerse los zapatos, en la dificultad en hacer el nudo de la corbata, en los pequeños gestos que nos delatan. “Una mujer te dice que te quiere y lo aceptas como una bendición, también debes admitir que todo termine sin que intervengan argumentos racionales”, sería el flotador de supervivencia que mejor resume el paseo cotidiano por ciudades pobladas de seres frágiles que se ponen los calcetines en el corazón y miran el cuentakilómetros de una bicicleta estática como quien ve pasar las fotos de su vida, o de su familia, o de vidas ajenas que se confunden con la propia. Lejos de Alicia y Peter Pan, en La bicicleta estática hay cromos intercambiables y repetidos para que juguemos a ser mayores y felices, para confundir lágrimas con sonrisas, para leer acerados relatos que enseñan tanto como lo que esconden.
