La flecha en el aire, Ismael Grasa
Flechas sin arco. Somos flechas en el aire, caminantes sin camino, alumnos sin maestro. Enseñar es aprender y la maleta se llena con el viaje. Cuando comienza el curso el profesor se marca expectativas, huye de solemnidades y retóricas, ahuyenta fallidos docentes (como el Botchan de N. Soseki) y se acerca al machadiano Juan de Mairena. Subtitulado Diario de la clase de filosofía, este libro entronca con conocidas obras, las de J. A. Marina, la Ética para Amador de Savater o El mundo de Sofía. Intentos no academicistas de enseñar filosofía, de hacer fácil lo difícil. De convencer al lector de la amenidad de Sócrates, de la importancia de lo aristotélico, del valor de la palabra, de la verdad, del peligro de Platón, de masticar a los escolásticos, de no sobrevalorar a Nietzsche, de familiarizarnos con la lógica, con la belleza, con el bien. Utiliza el autor como hilo conductor la bonhomía del narrador, sus debilidades y pasiones, su ironía. Los cafés con el profe de matemáticas, las tardes en el salón de casa, las correcciones en la biblioteca, la irritación ante los alumnos díscolos, la distracción ante el escote de una alumna, el vecino poeta o el que salta del bañador a la corbata. Secundarios que nos remiten a De Madrid al cielo, o a personajes de Trescientos días de sol. El humor, el lenguaje preciso y sencillo y la verosimilitud de las situaciones permiten leer este libro de filosofía como si de una novela se tratara. Con el tono cómplice empleado por el autor en sus añoradas columnas en el Heraldo de Huesca, nos contagia la defensa de la libertad, la pasión por los libros, por los viajes, por la civilización (con y sin mayúscula). La flecha en el aire es un libro sincero y comprometido -lejos de Sartre-, donde el autor toma partido, defendiendo valores individuales (lejos de colectivismos), apostando por la educación y el laicismo, la ciencia, el evolucionismo, el saber, el arte, la dignidad; donde no salen bien parados: religión, ecología, vegetarianos, socialismo, comunismo, la publicidad en los desodorantes, pedagogos y antropólogos, o los títulos con demasiadas palabras. Alérgico a la progresía, el autor viaja más cómodo en la bohemia, más afín a los clásicos librepensadores que a engreídos intelectuales. La flecha en el aire reivindica la razón y el placer de leer, una invitación abierta al diálogo, donde aprendemos a reflexionar, a dar la cara ante temas de actualidad, a replantearnos puntos de vista, a seguir nuestra propia flecha. Apuesto (y deseo) que La flecha en el aire será el libro más vendido (y leído) del novelista Ismael Grasa.
