Los argumentos
El primer argumento es el poder. Las relaciones de poder. La lucha, la supervivencia, el salir en la foto. El poder no es mandar. Poder es hacerse con un espacio. La lucha territorial del perro, la habitación propia del hermano mayor, el pestillo en el cuarto de baño, el despacho, la ropa no heredada, el control del mando a distancia, el poder es despertarse y no tener que obedecer, respetar y ser respetado, sentarse bajo el perfume de la higuera sin que te caigan los higos.
Otro argumento es el amor. Si el poder es competición, el amor es cooperación, ayuda, auxilio, apoyo, dedicación, valor, entrega, y mucho respeto. El amor es desnudez, franqueza, deslizarse sin frenos, abrirse sin límites, un dejarse caer en otros brazos, un despertar compartido, con jadeos y ronquidos, con olores corporales ajenos, con legañas y ojeras, sábanas arrugadas y ruidos de colchón. Es una cama estrecha, el amor, caprichoso e inestable, al albur del viento.
Otro argumento es la locura. Las neuronas enredadas, sin peine. Los nudos en la cabeza. Un puente roto. Un teatro sin espectadores. Sin guión. Actuar sin guión. Perder el hilo, caer sin colchón. Caída libre sin amor. Sin espejo. El espejo empañado y el pijama descolorido. La vida en blanco y negro. El argumento más negro, lineal, previsible, sin ganas. Pastillas y falta de ganas. Paisaje, gradas vacías, alambradas lejos del carrusel, sin verdor, amarillenta, gris, la locura.
El último argumento es la muerte. Sin palabras. El fin. Sin títulos de crédito. La falta de espacio. El se acabó. El último penalti. La tarjeta roja que nos saca la vida. Una pausa, la postrera interrupción. Sin previo aviso. El último afeitado. No ponerse más los pantalones, no volver a saborear el jugo de las ciruelas, dormir por última vez. Entrar en el túnel. Caer sin paracaídas. El último argumento.
