De qué hablo cuando hablo de correr, Haruki Murakami
Machado, como Gamoneda, se conformaba con andar y leer, con leer y andar, con versificar caminando. Murakami va más allá: correr y escribir, escribir novelas. Sus dos pasiones, sus dos aficiones: completar maratones y escribir largas novelas. Parafraseando a su admirado R. Carver en el título, nos cuenta su querencia por el deporte, por el deporte no colectivo, su pasión por el running, por el correr, por el triatlón, por los desafíos. Se define, Murakami, como individualista y testarudo, tenaz como un corredor de fondo. No es un escritor vocacional, ni un atleta, sí un hombre que se ha ido acostumbrando al disfrute de escribir y correr. El paralelismo se mantiene en todo el libro, que puede interesar por diferentes motivos a escritores y atletas. Acepta el dolor pero no el sufrimiento y cree que el cuerpo sano evita las toxinas del espíritu. Reconoce que hay algo insano en el acto de escribir y lo compensa con el ejercicio físico. Aboga por un plan B, para defendernos de la realidad, de la cruda realidad. Para él escribir novelas es como correr un maratón. Y ha corrido muchos, y quiere correr muchos más, al menos uno por año, y quiere seguir haciendo novelas, el autor japonés más reconocido en occidente, el afamado autor de Tokio blues, Crónica del pájaro que da cuerda al mundo o de Kafka en la otra orilla. Se define como no competitivo, simplemente constante, perseverante, como buen corredor de fondo. Lejos de La soledad del corredor de fondo o El miedo del portero al penalti, en De qué hablo cuando hablo de correr, Murakami relata con sencillez sus marchas atléticas, los entrenamientos diarios, los muchos kilómetros recorridos, sin grandes pensamientos, sin grandes aspiraciones, paso a paso, en chándal y zapatillas, escuchando música, jazz o rock and roll, Eric Clapton o los Rolling Stones. Huye de luchar con el tiempo, huye de las máquinas orgánicas e inorgánicas, aficionado a los discos de vinilo, que colecciona con avidez, quien regentaba un local de jazz, un negocio que iba bien pero que dejó por la literatura. Trasmite optimismo y vitalidad, pero no hace sudar al lector, porque no abruma con cifras, porque aspira a disfrutar de lo que no se expresa en cifras. Un libro que se lee en el tiempo que un corredor aficionado como Murakami tardaría en completar una maratón. Un libro entre dietario y memorias, entre confesión y cuaderno de notas, un libro agradable de leer, sin estridencias, donde nos invita a hablar con el cuerpo, a conocernos, a caminar por el laberinto que somos, con sus ángulos muertos e incertidumbres. Lejos de la autoayuda, sabedor que enseñar es muy difícil, casi imposible, enseñar a escribir o a nadar, o a vivir. Murakami comparte sus esfuerzos y sus derrotas, el privilegio de envejecer, sus placeres, nos recuerda que los problemas nunca avisan y nos regala paso a paso uno de sus mejores libros. Si Lorca decía que la poesía anda por las calles, Murakami afirma que lo que sabe sobre la escritura lo aprendió corriendo por las calles. Cartesianamente sentencia: corro, luego éxito.
