Lo que me queda por vivir, Elvira Lindo

Mirar atrás. Miramos atrás cuando no entendemos el mundo, cuando queremos reinventarnos, cuando el pasado es una losa de la que desprenderse. Como la mujer de Lot, sabemos que la mirada es hiriente, que en el camino de ese viaje a la nostalgia renacerán lágrimas mal cristalizadas, que mirar atrás siempre es peligroso. Lo que me queda por vivir es la historia de una madre veinteañera que en el Madrid de los 80 quiere liberarse del marido, vivir la juventud, ser una profesional liberal y mantener frágiles lazos familiares. Una historia entre la memoria y la autoficción contada en capítulos con título propio, entre la unidad lineal y el puzzle de relatos. Más que un ajuste de cuentas es un viaje acerado a zonas pantanosas, una imposible racionalización de la juventud vivida, con los excesos y desajustes propios de la edad. La primera persona confiere autenticidad a las historias en la medida que las encorseta, que ata a una realidad no siempre ficcionable. Elvira Lindo creció literariamente con Manolito Gafotas. El desparpajo y coloquialismo en diálogos y escenas configura lo mejor de esta novela. La cercanía con el hijo, la ternura y frescura de esa relación es una reivindicación de la maternidad donde se logran las mejores páginas. Es en los textos reflexivos sobre la dudas de las relaciones de pareja, en las páginas en las que se diserta sobre el universal "chico busca chica" cuando se resquebraja la historia, a pesar de frases certeras como "qué difícil era y es traicionar al grupo y qué fácil ser desleal con uno mismo". Me gusta más Elvira Lindo cuando se acerca a la escritura de Carmen Martín Gaite con ejemplos cercanos y táctiles que cuando emula elucubraciones abstractas a lo Javier Marías (Éste decía ingenuamente desde su atalaya semanal que no hay un mundo literario femenino, como queriendo empatizar con las mujeres). Y también me gusta el humor de Elvira Lindo. Ese ingenio que despliega semanalmente en sus columnas semanales, sus afinadas y afiladas ocurrencias, cuando no se pone demasiado grave, cuando es espontánea y aguda, cuando narra escenas en Lo que me queda por vivir en las que el sabor de las frutas del campo, los olores del pueblo los sentimos nuestros, nos acercan al neorrealismo del Volver de Almodóvar. El padre, la madre, el hijo, el marido, el nuevo marido, los amantes, la tía, los hermanos, los vecinos, las amigas, los compañeros, un álbum familiar con muchas fotos y explicaciones, un paisaje en el que reconocerse, un viaje. En todos los viajes, nos recordaba Machado, lo molesto es la llegada.
