Traducciones
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Sí, soy traductora. De italiano, de inglés. De francés, poco. Me gustan los idiomas, jugar con las palabras. Al leerlas, su sonido es el de una caracola, el de ondas que se expanden por mis oídos. Me susurran imágenes, deseos, sensaciones. A veces chirrían un poco. Normalmente disfruto, traduciendo a Pirandello, a Shakespeare, a Voltaire, me hacen cosquillas, me sugieren tanto... Escucha cómo leo a los italianos, cómo me acerco a sus playas, a sus montes, cómo me llevan por sus calles, me pasean por Verona, por Roma, me presentan a sus amigos, me dejan acompañarlos por sus travesías, literarias o no, que me divierten como a una Alicia más allá del espejo.
Pero aquí no hay espejos, tú lo sabes, los dos lo sabemos. Al abrir tu armario veo mi figura, donde esa magia de los viajes por los idiomas se pierde, se la lleva el viento. Las palabras en la puerta de tu armario chocan con la realidad, con mi cuerpo, con el tuyo. Nuestra geografía es demasiado abrupta, mis caderas devienen en aristas afiladas, poco seductoras. Cuando traduzco supero más curvas, serpenteo más caminos. Me gusta tu habitación, el armario, la cama, hasta el espejo, pero no hallo palabras que traducir, no me seducen tanto tus sábanas como esos textos que descifro, que me abren nuevos horizontes, pasadizos secretos.
¿Oyes el sonido intraducible de los sicilianos allá en el sur profundo y mágico? Salgamos del páramo de esta habitación, volemos por fonemas ocultos. Volemos ya. En la lengua de Dante, o en el lenguaje del amor.
Traduce los secretos de mi piel. Soy tu políglota favorita.
