El poder de la palabra
Escribo porque no soy feliz. Parece la declaración de un hombre triste, sin entusiasmo por la vida; en realidad es una provocación, la propuesta de un vitalista, de un inconformista a quien ahora le han concedido el Nobel. Recuerdo la lectura adolescente de Pantaleón y las visitadoras, la sordidez del erotismo, el humor hilarante de unos uniformados que confundían la patria con la entrepierna. Quiso ser militar y afortunadamente para el mundo de las letras no lo admitieron, tampoco en política. Aunque siempre estemos haciendo política, cada uno de nuestros actos sociales tiene que ver con la res pública, con el poder, con la toma de decisiones, con el ejercicio crítico. Y en la actitud crítica nos ha dado muchas lecciones este peruano/español que siempre ha ido por libre, que siempre ha intentado hacer lo que ha considerado más honesto. Una honestidad intelectual que descalifica el tópico de "me gusta su literatura pero no sus opiniones políticas". Un reduccionismo inaplicable a quien usa la argumentación y la dialéctica para conocerse y conocernos, a quien se alimenta de palabras y de postre nos invita al placer de la reflexión y el pensamiento. Tan simplista sería como decir: "yo opino como Vargas Llosa". Se reiría a carcajadas, él que apuesta por el pensamiento libre y crítico: un espíritu crítico que posiblemente respete más a quien le refuta con lucidez que al que se somete sumisamente a sus opiniones. Ser de Vargas Llosa, ser de Varguitas, es no estas de acuerdo con casi nada de lo que defiende, estar atento y reflexivo ante alguien que siempre hay que leer, aunque sólo sea para poder discrepar de él, para aprender con él. Su vitalismo y pasión se percibe en sus novelas, en sus escritos apasionados en defensa de la literatura, en sus Toques de piedra, en su autobiografismo. Como en La tía Julia y el escribidor, una de las grandes novelas de nuestra época, un ejercicio desternillante y lúdico, una novela total, un divertimento serio, una gran creación humana. Me he alegrado al saber que al mejor narrador de nuestra lengua le conceden el gran premio, porque me gustan sus novelas y sus artículos literarios, porque contagia amor por la literatura, por la palabra, por la lengua española, por todas las lenguas, por el lenguaje humano. Porque me da igual que antes votara a los socialistas, que luego se amigara con Aznar, que después apoyara a UPD, como anecdótico queda el puñetazo que le dio a García Márquez. Porque ni él sabrá por quién apostará en el futuro, porque las personas despiertas y vivas desconocen el futuro pero no lo temen, aceptan sus contradicciones con rigor unamuniano, no con la violencia de los adolescentes de La ciudad y los perros, más bien con la ironía de Los cuadernos de don Rigoberto. Frente al fanatismo de La guerra del fin del mundo, la lucidez de La verdad de las mentiras.
