Paseos
Los paseos dominicales se tiñen de ocre y de esperanza. En las mañanas otoñales percibo el pulso de la semana. Esquivando los carriles-bici no hallo referencias a los procesos electorales, no me llega el aroma de las primarias. La albahaca y un tímido cierzo me aíslan de reyertas y encuestas. Sí me preocupa más la concienciación, la manía de concienciarnos. Mandarán la factura sanitaria a casa para concienciarnos del gasto.
-Oiga, que usted enferma mucho.
-Ya, intentaré corregirme.
Parece que hay quien va al ambulatorio -ahora centro de salud- para pasar el rato, como quien entra al super del barrio a coger la barra de pan: iba yo a compra el pan, decía Umbral, y le salía un artículo o una novela.
Tras el paseo leo, leo una noticia inquietante: Muere tras caer a un pantano porque el GPS le indicó un camino que iba al agua. Vamos camino de nada, decía Labordeta. Camino del agua recuerdo a El nadador de Cheever, perdido, desconcertado. El GPS -que no uso- pasará ahora el examen de la modernidad. Como lo pasó la electricidad ante el primer electrocutado en un poste de la luz, o el automóvil ante el primer atropello. Entre atropellos, carriles-bici, chándales, domingos, semanas, el otoño que nos ahoga, este octubre húmedo y pardizo, dental, bucólico, veo cada mañana una pareja de gatos que se distancian entre el sol y la sombra, por la ventana veo cada mañana que uno se tiende al sol, y otro tan cerca como para refugiarse a la sombra, desconozco su sexo, género, árbol genealógico, pedigrí, incluso nacionalidad, desconozco si los gatos cruzan fronteras, si los gatos cambian de país con la facilidad o necesidad, capricho o urgencia que los mirones que los contemplamos desde un cristal que espera las primeras lluvias, machadianas lluvias en la monotonía otoñal.
En el paseo me crucé con perros, sembrados, maizales y pocos pájaros, con cereales, maíz y una ermita santiaguera, en el camino, la románica ermita de Salas, no muy lejos del multiusos, del Palacio, solemne nombre para una nueva construcción, que pronunciamos con minúsculas, palacio, porque las mayúsculas las otorga más el tiempo que los plenos municipales. El localismo me lleva a escribir en tono costumbrista y decimonónico.
