Reformas
Estamos de reformas. Lo leo en la tienda de la esquina. Y lo dice el presidente: es tiempo de reformas. También yo estoy de reformas, bucales, dentales. ¿Quién se libra de reformas? Lo malo sería cerrar por las reformas. Cerrar, sería lo peor. Estamos de reformas, en el mundo, en este mundo pasajero y veloz, a veces, atroz, al final cruel. Reformarse o morir. Cambiar de pijama, de trabajo, ¿de pareja?, ¿de barrio?, ¿cambiar por cambiar? Cambiar de estilo, de imagen, de país, de sexo, de equipo, de religión, de programa, de marca, de música, de emisora, de colchón, de semana, de peluquero, de compañía, de asociación, de vivienda...Cambiar hacia lo desconocido, travestirse, permutar, desaparecer. Ya vale. Produce vértigo tanto cambio. Cambiar por cambiar no tiene sentido. ¿Que todo cambie para que todo siga igual? Los reformistas son rebeldes aburguesados, conservadores movidos. Época de reformas, de ofertas, de rebajas, de 2x1, ¿de gangas? Decía Nietzsche que algunos agitan el agua para que parezca más profunda. Algunos ni se mojan, ni saben nadar, ni van al dentista, ni al peluquero, ni se compran los trajes, o falsifican los títulos, ponen las lentejas a remojo sin limpiar, se atan los zapatos con una mano, se afeitan dentro de la bañera, se depilan con los pantalones puestos. Tememos que ya nada vuelva a ser como antes, tememos porque ya nada volverá a ser como antes. Tememos porque todo cambia, a veces hasta nosotros. Mortales y reformistas.
