Fuera de juego
La dentista me tumba en el sillón giratorio con la imagen de mi boca en la pantalla. Mi pobre estructura dental me contempla impávida mientras la anestesia hace efecto sobre mí. Definitivamente ha triunfado la cultura de la imagen. Cuando ves tu imagen calavérica ante ti, cuando la pantalla virtual es tu propia imagen, cuando el simulacro de realidad se impone a la realidad, cuando todo se reduce a imágenes, a fotos, a cámaras, sólo queda dar un paso atrás, aceptar por fin que somos lo que vemos, lo que los demás ven de nosotros, del mundo, la máscara que nos habita. Me resistía a aceptar la invasión de las nuevas tecnologías en el deporte, en el fútbol. No quería que los fueras de juego los piten las máquinas, creía en el error humano. Me rindo. Me compraré libros en DVD, me fotografiaré cuando abandone la clínica dental, cuando se me vaya la anestesia, entraré en el siglo XXI, el siglo de la imagen, de los tatuajes, de la copia, de la virtualidad, de la repetición, de las cámaras lentas y rápidas, de los clones, los transgénicos, el siglo del gran hermano que auguró Orwell. Me canso de estar en fuera de juego. Volveré al cine, me pondré las gafas, quizá vea doble, o el triple. Intentaré adaptarme al exceso de realidad, sobrevivir en un mundo digital, huir del fuera de juego.
