La lluvia amarilla, Julio Llamazares
Réquiem por los desaparecidos, por el abandono, la muerte. El color amarillo impregna las páginas de la soledad, de la tristeza. Las hojas caídas en otoño, muertas, cubren en forma de lluvia amarilla los restos de un pueblo hundido en la memoria del olvido. Sin tregua, con el último aliento, el narrador de esta historia, último habitante de un pueblo del pirineo aragonés, nos recita un réquiem triste, amarillo. Entre el óxido y la herrumbre, el paso de las estaciones marca sentencia el final de un tiempo ya perdido. La despoblación, el final del otoño, la llegada de las nieves, las sombras, el olvido, los fantasmas, el cementerio, son los auténticos habitantes de esta lluvia quejicosa y doliente, una lluvia amarilla, lírica y dolorosa, mortuoria. Un réquiem por los topónimos que pueblan el paisaje altoaragonés: Ainielle, Biescas, Gavín, Berbusa, Escartín, Casbas, Bergua. Un viaje que hace Andrés el último superviviente de Ainielle, el hombre que pronto morirá, que se vestirá con el manto amarillo como todos los habitantes del valle. Sin concesiones, como en un sonsonete, las hojas de la lluvia amarilla nos hieren de zarzas y ortigas, nos pasean por un río que lleva al final de la noche, donde la niebla se espesa y sólo hablan los muertos. Deambulan como fantasmas, las almas en pena de la madre, de la hija, de Sabina la mujer ahorcada, de un niño monstruoso, de una vieja quemada. El último cartucho se guarda para matar a la perra, el último testigo, la perra sin nombre. El pasado es quien sustituye al presente cuando no hay futuro, cuando quienes hablan, quienes se personifican son el viento, el jabalí, el silencio, la soga, los troncos, las sombras, la perra sin nombre. Julio Llamazares nació en un pueblo leonés, ya desaparecido por un embalse que construyó el escritor e ingeniero Juan Benet, que luego sería su amigo. El paisaje amarillo de tristeza y desolación que se ofrece en La lluvia amarilla convierte en universal el pueblo de Ainielle, como metáfora de un tiempo perdido, del fin de una época, donde "la noche queda para quien es". Mediante anáforas y otras repeticiones, Julio Llamazares nos envuelve en un canto fúnebre, en una prosa lírica y absorbente, en réquiem cómplice contra el silencio y el olvido, en un canto por la memoria de los últimos habitantes de una forma de vida abnegada, por la dignidad de la vida rural, por la imposibilidad del final de una época, un réquiem por nuestros antepasados. Con una soga en la cintura, con la despensa húmeda y vacía, a base de nueces y patatas, Andrés pasa el último inverno, envuelto en mantas y nieve, rodeado de silencio y sombras, solo, poblado de miedos, abandonado, sin sueños ni futuro, intuye la presencia de la muerte, como un perro sarnoso, quien hubiera elegido morir como un árbol dormido, a la luz de la luna. La lluvia amarilla es un largo monólogo, triste, amarillo.
