El mal de Montano, E. Vila-Matas
Enfermos de literatura. Sin medicinas, solos y desamparados refugiados entre las letras, en las páginas sin descifrar de un enigmático libro, interminable y sin final, que bien pudiera haber escrito Borges. O Kafka. Entre la literatura y la vida eligieron la literatura. La escritura como salvación, como desesperada búsqueda en un mundo hostil. Encontrar la letra escrita en el final de la letra escrita. ¿Qué sería de Kafka y de Borges en un mundo de ordenadores, sin árboles que talar para imprimir libros y más libros que luego hay que leer? Horas y horas leyendo, al abrigo de las palabras, bajo las velas, la calefacción, las cuatro paredes y la imaginación y el viaje que nos proponen autores lejanos e insatisfechos que nos obligan a acompañarlos en viajes peligrosos, en viajes literarios y atípicos, contagiosos. Peligrosos, sí. La literatura es una droga dura que nos protege de la intemperie vital, que nos abriga con sus palabras envenenadas. La enfermedad de la literatura se llama El mal de montano. Por él pasaron Proust, Pessoa, Musill, Virginia Wolf, Magris, Pitol, Pavese, Calvino, Unamuno, Sebald, Baroja, Beckett, Canetti, Paul Valéry, letra-heridos venidos de regiones inhóspitas en las que los libros son el único alimento. Una enfermedad contraria al síndrome de Bartleby, un mal, el de Montano, que se inocula en las neuronas y exige seguir leyendo, a deshoras, bajo el flexo, a la luz de la luna, las páginas pares y las impares también. El protagonista de El mal de Montano pudiera ser el trasunto de Enrique Vila-Matas, o de cualquier lector que le acompaña en sus divagaciones, en sus digresiones metaliterarias por ríos de tinta, por caminos minados de citas literarias, de puentes entre la vida y la literatura. Como en los diarios de André Gide, de Josep Pla, del mismo Kafka, lo de menos es lo que se cuenta, quizá lo literario sea no contar nada, en los diarios se esconde la vida, se difumina con sutileza, se aleja por una querencia, por un amor a la literatura, un amor secreto y velado que ilumina negro sobre blanco las hojas que se amarillean a través de la pupila del tiempo. La pasión literaria de Vila-Matas bascula entre el extrañamiento kafkiano y la devoción borgiana. El protagonista de El mal de Montano sólo podía ser un escritor. Aunque quizá no sea un escritor, quizá sea un crítico literario, quizá su mujer sea agente literaria, quizá tenga un amigo que se llama Tongoy, maravillosamente feo, encantador y monstruoso, seductor y trágico. El protagonista podría tener un hijo, escritor para variar, pero se desdice y nos confiesa carecer de hijos, sí tiene libros, muchos libros escritos y por escribir. Una enfermedad, la literatura, un club, una secta, la de los conjurados contra los enemigos de la literatura. Nueva entrega de la religión vilamatasiana en la que nada es lo que parece, en la que nos nacen dobles, en la que la identidad transita por laberintos poblados de los mejores escritores.
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Elisa dijo
Muy buen recorrido por el libro de Vila-Matas, me parece. Una sola objeción o, tal vez, una duda: hasta qué punto la enfermedad bartleby no es la otra cara del mal de Montano.
En este texto se proponen como enfermedades contrarias y pienso que sin la literatura y su necesidad vital no se darían ni el bloqueo bartleby ni la re-encarnación en las letras.
Gracias y un saludo.
Elisa.
P.D.: he colgado el texto en la página de lectores activos de facebook: "Leyendo a Enrique Vila-Matas"
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19 Enero 2010 | 02:21 AM