Mi abuelo, Valérie Mréjen
En la solapa del libro se compara con el Me acuerdo de Perec. Tienen en común el tono pausado, la escritura a base de pinceladas, el tirar de los recuerdo para que surjan encadenados, el ritmo que adquiere la prosa. En El abuelo nos encontramos con una colección de recuerdos familiares de V. Mréjen, donde los protagonistas son sus padres, hermanos, la abuela y el abuelo. Me gusta el tono de confesión, de cercanía a través del que nos va mostrando hechos nimios junto a sucesos de mayor calado, todos de manera natural, sin apenas adjetivación, se supone que será el lector quien valore y juzgue su importancia. La escritura es a base de frases cortas, cortantes, en la línea de sujeto, verbo, predicado y punto. Y mucho punto y aparte. Una escritura engañosamente sencilla, pero que también puede cansar. En esta línea comenzaron a escribir hace algunos años Ray Loriga con Lo peor de todo o Félix Romeo con Dibujos animados. En Mi abuelo se cuentan las manías del padre, sus frases repetitivas, los caprichos, las interioridades de una familia, como levantar el faldón de la mesa camilla y encontrar palabras y situaciones de los años sesenta con las que podemos identificarnos fácilmente. Un ejercicio de memoria, una vuelta al pasado en un todo relajado que deja su poso de melancolía. Los sucesos incómodos se repiten en mayor o menor medida en todas las familias y quizá sea esta la moraleja. De cerca nadie es normal. Tolstoi reivindicaba las familias infelices para poder novelar, Mréjan se conforma con hablarnos de la suya sin ponerle etiquetas. También recuerda al Léxico familiar de N. Gintburg, sin alcanzar su profundidad narrativa, por este tono impresionista, minimalista de El abuelo. Parece que nos quisiera contar más cosas, que estuviera descorriendo la cortina de su infancia pero que sólo con desvelar un poco ya quedara ahíta. Son constantes las referencias sexuales, las relaciones familiares dudosas, las transgresiones entremezcladas con los teléfonos de la época, los cuartos de baño, los vestidos, los olores, los zapatos. Se echa en falta más ambientación, más detalles de la época, menos chismorreos familiares. Ocurre como ante cada nuevo episodio de Cuéntame, que esperamos saber más de nosotros mismos y acabamos viendo lo que ya sabíamos. La nostalgia es una postal con el sello caducado.
