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30 Noviembre 2009

El revés y el derecho, Albert Camus

 

Como Machado, "estos días azules y este sol de la infancia", Camus nos cuenta que un mundo de pobreza y de luz lo ampararon del resentimiento. La luz, el sol, es una constante en su obra. En El extranjero vemos ese sol rojizo, sentimos el halo cegador de luz, el resplandor, el calor sofocante, el cielo que se abría en todo su esplendor para vomitar fuego, cuando Mersault dispara cuatro veces y comprende que ha destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa donde había sido feliz. En El revés y el derecho, relatos de juventud, sus primeros relatos publicados, está el germen de su literatura, el mundo que plasmaría en obras de madurez como El extranjero, Calígula o La peste. La soledad, la muerte, la fragilidad de la existencia, el desamparo, la vulnerabilidad, la nausea, son preocupaciones y constantes en la obra del Nobel  argelino/francés. Y la pobreza. La miseria y el analfabetismo que le rodeó en la infancia, en África, donde el mar y el sol son gratis. Dice Camus que los guetos de las grandes ciudades europeas, que los arrabales de París y otras ciudades son terriblemente más miserables que la pobreza de las calles africanas. Lo dice Camus poco antes de morir en accidente en 1960. En el prólogo -lo mejor del libro- a estos breves textos de iniciación, irregulares, inseguros, nos confiesa que le aburre la felicidad burguesa, que el hombre es una injusticia en marcha, que los jóvenes no entienden  que la experiencia es la suma de las derrotas, que hay que perder muchas veces para saber un poco. El amor a la vida se nutre de la desesperanza, "no existe amor por la vida sin desesperación por la vida" , hay una lucha constante ante el absurdo, un afán de supervivencia que se alimenta de ese sol de la infancia. La melancolía inunda estas páginas, como los viajes en forma de huida, los viajes en los que los personajes de estos relatos gravitan sin rumbo fijo. La nostalgia del pasado, el existencialismo como única salida, los rayos que nos deslumbran, el sudor que cae a chorros, se elevan ante la conciencia moral de Albert Camus, de un referente ético en tiempos de orfandad, que fumaría desesperadamente mirando al sol al contemplar cómo los políticos quieren hacerse la foto junto a su tumba para depositarlo en el panteón de franceses ilustres. No entendería que se peleen por sus cenizas, él que se pasó muchos años buscando infructuosamente la sombra de su padre, ante el silencio de su madre ya enferma en silla de ruedas, él que elevaba la mano en busca de luz, de último refugio, que sucumbió en la carretera, que no quería elegir entre el revés y el derecho del mundo, que en el último relato del libro nos conmueve con el retrato de una anciana que invirtió sus ahorros en un panteón tan hermoso que fue visitada y dada por muerta mucho antes de morir, antes de que su luz se apagara.  

 

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