En ausencia de Sonia
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La silla de Sonia está vacía. La mesa sin recoger, quizá vuelva. Hay papeles y bolis en desorden, abandonados. Sonia no ha venido.
Miro a sus compañeros y rehúyen mi pregunta. Trabajan como si nada hubiera pasado, será que ha pasado algo. Se respira un aire contenido, un clima de voces ahogadas, de pausas molestas. Sonia no ha venido.
Hago las gestiones como casi todos los días que me acerco a su oficina. Hoy la silla de Sonia está vacía. Huele a duelo, a ausencia, a secretos compartidos, a voces profundas y vacías. Se habla más que otros días, en la oficina de Sonia, en su ausencia. Falta su risa.
Me acerco a su mesa, como para ser atendido por su sombra, por el fantasma que puebla mis recuerdos. Sonia no me contesta. Nadie me contesta. Busco gestos de explicación en los brazos que aletean, en los teléfonos que suenan. El teléfono de Sonia no suena.
La recuerdo explicativa y amable: por favor, un momento, no se preocupe, cuando a usted le venga bien, intercalando su sonrisa, acompañando su voz con palabras de ánimo, con empujones de afecto. Todos buscábamos la mesa de Sonia. Te demorabas para que ella te atendiera, para recibir sus consejos, para que con sus manos embelleciera feos trámites.
Nadie se ha atrevido a recoger la mesa de Sonia. Nadie ha puesto flores sobre la mesa de Sonia. Nadie se atreve a sentarse ante la mesa de Sonia.
Ojeo el diario local y mis pupilas se detienen en las esquelas, en busca irremediable de unas iniciales que empiezan por ese. Por la sonora letra que inicia su nombre. No aparece. La silla de Sonia está vacía y su nombre no aparece en las páginas de ayer ni de hoy.
Sonia ya no existe, Sonia dejó su recuerdo como una sombra luminosa que nos vigila desde algún lugar. La ausencia de Sonia es una broma pesada, un agujero en nuestras conciencias. Sonia nos dejó y su silla nos invita a acompañarla en la distancia. Sin preguntas, con voz susurrante.
La silla de Sonia está vacía. La mesa sin recoger.
