Incolora
Acurrucado en los matorrales siente el aliento cercano a la yugular. Las gotas de sudor que rebotan en la tierra es el único sonido que percibe. Con la boca reseca, nota el paladar helado. Dolorido, no puede mover el brazo izquierdo. Recuerda momentos de gran placer.
Envuelto en las sábanas saboreaba el elixir de orgasmos interminables. Nunca pensó que acabaran. Nunca pensó que percibiría sensaciones más intensas, más terribles. Se acariciaban los cuerpos, olían su piel. Se aferraba a sus pechos, humedecidos de saliva. El roce de los dedos, las piernas unidas, lo acercaban al éxtasis. La sangre adquiría el color del fuego.
Un viento oscuro le atraviesa la nuca. El frío se le incrusta en los huesos y le entran ganas de rezar, después de tantos años. Un olor mortuorio lo sacude. El brazo derecho tampoco le responde. Como una apisonadora, lo aplasta el gélido tacto de una mancha negra. No ve el color de la sangre.
