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26 Octubre 2009

Elizabeth Costello, John M. Coetzee

             Yo soy otro, nos sugería Rimbaud, al tiempo que recordaba que la vida siempre está en otra parte. Elizabeth Costello se dedica a escribir y a viajar por el mundo. Desde las antípodas recorre el mundo para conocerlo, para conocerse. En un viaje interminable, traspasa continentes y épocas quizá sin saber lo que busca. Como una Ulises contemporánea no deja de escribir y de pensar haciendo interminable su viaje. Parapetada en conocimientos y búsquedas araña causas imposibles para asirse a la vida. Ante la falta de creencias, ante el paso del tiempo como pérdida, Elizabeth Costello recurre a las pequeñas cosas, a los animales que no hablan pero que sienten, a las figuras dionisiacas enterradas por creencias religiosas y laicas. Un libro difícil. Un libro alegórico que nos aleja del pensamiento convencional, que nos provoca invitándonos a pensar. Un viaje por el ecologismo más radical, por la vuelta a una religiosidad primigenia, una apuesta por la pasión, por la fuerza de la pasión frente al descrédito de las creencias. Un repaso por el mundo literario, por las ambiciones que mueven el mundo intelectual,  con incursiones en un mundo kafkiano en el que no hay viajes de vuelta, donde los dioses juegan con los humanos, los humanos con los simios, donde las fronteras son simbólicas, infranqueables, donde se tienden puentes imaginarios, donde el espacio se difumina y nada es lo que parece. Juego de muñecas rusas, tentaciones inalcanzables, deseos prolongados y efímeros. Coetzee  nos invita a acompañarle en una novela/ensayo, por una ruta estrecha, escarbada en la que las luces se confunden con las sombras, en la que el mito de la caverna nos arrastra a las profundidades de la razón, a los fantasmas que fantasean con nuestros sueños. No nos lo pone fácil Coetzee.  Escarba en nuestras mentes y encuentra vísceras agridulces, neuronas excitadas, intestinos coleando entre la vida y la muerte. La alegoría kafkiana adquiere tintes dantescos en algunas páginas con connotaciones y comparaciones del holocausto, con paseos entre prometeicos y órficos. Es Elizabeth Costello un libro crepuscular desde una voz femenina que se enfrenta a la opacidad, un contrapunto a otras voces masculinas en las que el alter ego del premio Nobel sudafricano está también presente. El personaje de Elizabeth Costello aparece como secundario en otros de sus libros, como en Hombre lento. Hay escenas de sexo en este y otros libros de Coetzee, aunque nunca tan explícitas y abundantes como en Philip Roth, por ejemplo. Sigo prefiriendo y recomendando la novela Desgracia como la gran obra de este escritor inclasificable y desasosegante.

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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