Frío
Si la página no aparece a la primera, vuelvo a teclear. Es muy fácil teclear, con sólo mover el dedo índice lo reintento. El tecleado digital nos acostumbra a llamar dos y tres veces, a volver a probar. En el mundo analógico estábamos acostumbrados a que un No era un No, con los ordenadores comprobamos que nada es definitivo, que la provisionalidad forma parte de nuestra vida diaria, que llamar de nuevo a la puerta tras una negativa es lo habitual. La señora del Banco me dice que me cobra comisión, pero si hacemos un atajo, un apaño, un trato que ella misma me propone, no me la cobran, la comisión. Sumiso y obediente le digo que sí, que lo que ella diga, que hasta yo prefiero que no me cobren comisión. Qué fácil, que fácil es contentarnos. Ante los Bancos, antes los grandes números, nos doblegamos y casi volvemos a la calle contentos, humildes, dignos. El dinero tiene el sabor amargo de la suciedad de los billetes que se llenan en los bolsillos de motas de polvo. En esta mañana otoñal, de un lunes soleado y fresco, compruebo que las mayores colas se forman ante los Bancos (siempre con mayúsculas) y los estancos, que incluyen tabaco y loterías, los vicios. Como con el dinero, nos pasamos los días contando, midiendo, comparando. El índice de desarrollo humano, la enigmática calidad de vida, el índice de confianza del consumidor. Llenamos el ordenador de números y él nos da el resultado, y nosotros nos lo creemos, nos lo queremos creer si nos favorece, si no buscamos excusas. Los datos que no nos favorecen nos devuelven el frío de la infancia.
