Deporte
También el deporte está sobrevalorado. Parece fácil decirlo hoy, el día de las olimpiadas, que ha sido el día de las no-olimpiadas, para Madrid. No hace falta estar en contra de las olimpiadas, no hace falta desear el no de Madrid para reconocer que el deporte es un gigante de papel. El deporte, incluido el fútbol, sobre todo el fútbol, y el deporte competitivo, el deporte de competición, que en realidad es un pleonasmo porque todo deporte es competitivo por definición. Recuerdo una conversación años ha entre Vargas Llosa y Sánchez Drago contra los excesos del deporte, Vargas Llosa que está ahora en la cátedra del Real Madrid y Sánchez Dragó que era hijo de locutor deportivo. El director de la cátedra del Real Madrid escribió unas diatribas muy divertidas contra el deporte en Los cuadernos de Don Rigoberto en las que se burlaba del tópico mens sana in corpore sano. Yo también desconfío de las bondades del deporte, de la práctica del deporte, del demasiado deporte. Los más deportistas, los muy deportistas, son obsesivos, tan obsesivos por otro lado como otros que encontramos fuera del mundo deportivo, pero de ahí a considerarlos sanos, los más sanos por lucir un cuerpo vistoso y flamenco hay mucha distancia, cuando se comprueba a diario que los más deportistas son los más sensibles a los cambios de temperaturas, con pocas reservas, tan faltos de grasas que son físicamente muy vulnerables, expuestos al movimiento del viento como las ramas de los árboles. No envidio a los deportistas. De joven practiqué deporte, practiqué demasiado deporte de joven y ahora me conformo con verlo por la tele, de vez en cuando, dosificadamente, no como cuando lo practicaba que era exagerada, obsesivamente. Ya sudé bastante el chándal de joven, hice ya deporte para toda la vida, no quiero volver a salir de casa con el chándal puesto, es de los casos en que tengo clara la unión entre lo ético y lo estético. Los viejos chándales los utilizo para limpiar y otras faenas menores en casa, que envejezcan conmigo, los chándales, que sufran, el deporte es otra cosa, el glamour exterior frente al sufrimiento interior. Es muy sufrido el deporte. El entrenamiento es duro, constante, repetitivo. Me recuerdo con quince años yendo a entrenar con la bolsa a cuestas (de niño me veo con la cartera a cuesta y de joven con la bolsa deportiva), cruzar mi pueblo durante más de media hora para cambiarme de ropa, entrenando diariamente, subir y bajar cuestas pisando el barro en tardes oscuras con las zapatillas manchadas, saltando charcos pringosos a cero grados de temperatura, todo para preparar el partido del domingo, para intentar jugar unos minutos en el partido del domingo, un partido que probablemente perderíamos por goleada, en pueblos donde nos recibían con malas miradas, para enfrentarme a los insultos y empujones de los defensas, para acabar bajo la ducha de agua fría en tardes de invierno desapacibles, poco deportivas. La práctica del deporte, del deporte competitivo la revivo más como dantesca que lúdica. El deporte, el demasiado deporte, las medallas de plata, las copas que se oxidan y amarillean en los estantes, las gotas de sudor que mezcladas con lágrimas mojan las camisetas, las pruebas contra reloj, las pastillas, los empujones y zancadillas por quedar el vigésimo primero y no vigésimo segundo, los árbitros, los comités, la prensa, la familia, los entrenamientos, las duchas frías. El deporte sabe a cerveza caliente, a paella recalentada.
