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21 Septiembre 2009

Deseo de ser punk, Belén Gopegui

 

De jóvenes nos rebelamos y queremos cambiar el mundo, luego nos conformamos con que el mundo no nos cambie a nosotros. De jóvenes, le echamos la culpa a los mayores, luego no sabemos a quien echársela, la culpa. Los jóvenes, los adolescentes, quieren oír su música, tener locales para ellos, para ocuparlos dice Martina, la protagonista de Deseo de ser punk. Una adolescente de dieciséis años rebelde, guapa, mala estudiante pero culta, que se siente incomprendida por sus padres, que se refugia en el ordenador y en los amigos y que quiere hacer la revolución, al menos algún gesto que trascienda, que cambie algo la sociedad. Soñadora, ambiciosa, Martina no conoce los psiquiátricos como Holden Caulfield en El guardián entre el centeno, ni es tímida como el Demian de Hermann Hesse, ni ha matado a alguien como Meursault en El extranjero. Sí se siente extraña, sí padece cierta anomia, sí quiere bombardear el mundo. La lucha generacional, la rebelión, el inconformismo y sobre todo el deseo de encontrar una música, hilvanan las páginas de Deseo de ser punk con las letras de AC/DC, Johnny Cash, Neil Young y un largo etcétera. En contra de Umbral, Baroja o Nabokov, la protagonista de B. Gopegui sí cree que la música tiene un olor, que es más importante que las palabras, que pude ser transformadora, fascinante, salvaje, superar las limitaciones de la audición humana, el rock, el heavy, el punk como formas de estar en el mundo, de sublimarlo como en Deseo de ser piel rojo, de Kafla y más tarde L. Mª. Panero, que parafrasea con el título de Deseo de ser punk. En forma epistolar y con una estructura más sencilla que en anteriores novelas, Belen Gopegui continúa con novelas discursivas, izquierdistas, contestatarias, ideológicas, que se salvan por la calidad lírica y la inteligencia de la autora. Las imágenes, sobre todo en la primera parte, con los cristales que se rompen y hay que reconstruir toda la vida, con la didáctica explicación de los vasos comunicantes, con el bañarse en la piscina desnudo cuando los demás están vestidos, con la apuesta por lo analógico frente a lo digital que nuca se acaba, son metáforas que sostienen el ritmo de la novela, además de los diálogos certeros y un ritmo que no decae, en una obra sencilla, de fácil lectura, por una autora que consigue una poética reflexiva.

 

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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