GESTOS RAROS
Estaba segura de que iba a aprobar. Llevaba todo el año estudiando, desde la tarde hasta muy entrada la noche, cuando el silencio se apoderaba de mí, cuando despiertan los primeros pájaros, cuando los más madrugadores del edificio comienzan su ritual. Los sonidos desacompasados de grifos y tuberías me hacían bostezar y me estrellaba contra los libros, apoyando los brazos cansinos en la mesa. Como sonámbula, dejaba el último café ya frío, me acercaba a la cama y me perdía en mis sueños.
Los sonidos de la mañana me eran ajenos, salvo el taladro inoportuno de algún vecino. Esperaba al mediodía para desperezarme. Con prisas me acercaba al supermercado a coger una barra de pan y cualquier cosa precocinada: lasaña, croquetas, verdura. Cuando Mario llegaba encontraba la mesa puesta, el mantel limpio, los cubiertos ordenados y algún adorno en el centro. Alrededor, comida recalentada, poco fresca.
Mario no se quejaba. No se quejaba de nada, eso es lo malo. Entendía que era una opositora, que me esforzaba mucho, que le echaba muchas horas. Entraba de puntillas para no despertarlo y él supongo que hacía igual al levantarse, apenas nos veíamos.
A la comida, sí. Nos recibíamos con un sonoro beso: los primeros días, los primeros meses. La convocatoria se fue retrasando, el BOE se convirtió en nuestro enemigo, en un amante indiscreto.
- ¿Ya salió en el BOE?
-No, todavía no.
Un silencio nos acordonaba, como el que me daba sueño de madrugada. Pero éste era más prolongado. Encendíamos la tele, fregábamos los cacharros, él ojeaba la prensa y yo me distraía con mis postales, con la ropa, con cualquier cosa que difuminara nuestro futuro.
Mirar el BOE era tarea de mi hermano. Lo llamaba cada día y siempre respondía:
-No te preocupes, dicen que pronto saldrá.
Para darme ánimos. Mario también, pensaba yo entonces. Me lo creía. Al principio, durante meses lo creí, cuando llegaba hambriento a saborear la comida. Luego perdió el apetito, poco a poco. No me había dado cuenta, como no percibes un kilo de más en quien ves a diario. Mario no tenía un kilo de más ni de menos. Estaba igual, de aspecto físico. Me di cuenta el día que me puse a cocinar. Me había hartado de esas comidas. Compré ternera para guisar. Y alimentos frescos: pimientos, tomates, zanahorias. Quería sorprenderlo. Pero no, no se sorprendió. Disfrutó tan poco como con cualquier otro plato. No untaba pan en las salsas, no se acabó el vaso de vino, ni quiso postre.
Llegó el examen. Me sabía el temario de memoria, aunque me puse nerviosa. Estaba convencida de mi éxito. No podía fallar.
Mario estaba expectante, como quien ve una película en un idioma que no entiende. Me empezó a mirar algo raro. Eso me parecía a mí.
-Cómo me miras, Mario.
-Cómo te voy a mirar, tú eres la que hace gestos raros.
Yo hacía gestos raros, según Mario. Nunca olvidaré esas dos palabras. Me veía como a una drogadicta con el mono, al menos podía haberme visto como a una embarazada con antojos.
Salí del examen contenta, satisfecha. Relajada, no. Mario esperaba que estuviera relajada. Que todo volviera a ser como antes. Que no hubiéramos dejado de hablarnos, de confiar el uno en el otro. Que pudiéramos hacer bromas. Al final lo que menos le importaba era si aprobaba o no. A mí al final lo único que me importaba era si aprobaba o no. Sólo quería aprobar mi examen: ya no era nuestro examen. Cuando llamó mi hermano, el teléfono sonó diferente. Triste y lloroso, me comunicó el suspenso.
Mario ya estaba recogiendo sus cosas. Se llevaba sus cuadros, los muchos discos que compró, los pocos libros que tenía, la bici me la quería regalar, oxidada, se la rechacé, la tiramos al contenedor, se fue sin besarme. Sin preguntarme la nota.
Me quedé sentada muchas horas, inmóvil, sin entender nada, como viendo una larga película en chino o en árabe. Por fin me di una ducha muy fría. Caía por mis pechos un chorro que no se dirigía hacia la izquierda ni hacia la derecha. Un chorro de agua neutro y frió que me hacía poner caras, gestos raros, muy raros, porque no sabía si había perdido más el tiempo con la oposición o con Mario. Todavía me lo pregunto cuando me sorprendo ante el espejo con gestos raros.
