La cartera
Mi regreso a la oficina coincide con la vuelta al cole. Me recuerdo, de niño, con la cartera a cuestas y la incertidumbre; a veces en forma de deseo, otras, de miedo. Quizá no hayan variado demasiado los deseos, mis deseos, ni siquiera los miedos. En la cartera llevaba cuadernos de anillas y el sacapuntas. Ahora entro en la oficina con las manos vacías, si no en los bolsillos. Tampoco hemos cambiado tanto, décadas después. Una compañera acompaña hasta la puerta a su hijo, casi con la sombra del bigote. Yo sólo recuerdo la compañía de la cartera, ahora también llego solo a la oficina. Pasaba bajo unos pinos con la cartera y me quiero imaginar tirado en el césped, como huidizo de la escuela. No me ha disgustado volver a la oficina. El primer día se alarga, pero agrada recuperar algunas caras. De jóvenes el tiempo es más lento: cada emoción, cada aprendizaje, cada bofetada nos parece increíble. Con los años llega la repetición, la sensación de lo ya conocido, y a falta de nuevas experiencia el tiempo vuela. En la cartera los libros del primer día de septiembre eran nuevos; ahora me encuentro libros subrayados, amarillentos, usados. Al final quedarán, como decía Góngora, en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada. En septiembre, llego a la oficina en coche, sin cartera, con los años a cuestas y mi poca memoria. Mi desmemoriada memoria, selectiva, subjetiva. Me río de los juegos de los niños (y del efecto reminiscencia).
