La tele del Hotel
Decía Rosa Chacel que cuando no quería pensar encendía la tele. Yo cuando no quiero pensar la apago. Cuando llego cansado me tumbo en el sofá y apago la tele. En los hoteles no falta el televisor. Podrá acabarse hasta el papel higiénico, pero con TDT o sin ella siempre habrá una pantalla luminosa, y un mando a distancia; últimamente varios, cada vez más. Los hoteles son no lugares, espacios de paso, puro nomadismo. Al entrar en la habitación notas quietud, orden. Las limpiadoras son lo más dinámico de los hoteles. Recuerdo Lost In Traslation de Sofía Coppola, con las diminutas habitaciones japonesas. Es difícil acostumbrarse a los hoteles, sean moteles de carretera, pensiones baratas o suites de lujo. Son lugares fronterizos sin la complicidad del espacio, efímeros y esporádicos, como la mayoría de las relaciones, metafóricamente superficiales, los hoteles. Puedes estar en Zamora, en Santander o en Almansa, todas las habitaciones se parecen. Todos nos parecemos cada vez más, cuanto más lo pienso más nos parecemos todos, como las habitaciones de los hoteles.
Encontré en Soria un hotel sin espejo: como la ausencia de mi otro yo. Tenía que salir al pasillo para buscarme; sólo hallé sombras. No imagino a Lucky Luke sin su sombra.
La tele intenta llenar las habitaciones. Hay muchos aparatos, muchos mandos, cada vez es más complicado el espacio, el vacío, el verano, la canícula, el no lugar, nosotros...
Como no tengo papel, uso la grabadora del móvil. Me reconcilio con mi voz. Suena entre Juan Manuel de Prada, Jesús Ferrero y Manuel Vilas. Se me pone voz de escritor. En Almansa juego al ajedrez en un hotel de carretera y oigo mi voz.
En un día lluvioso de agosto graniza. Un camión gira en la rotonda, atrapado en la vorágine del tiempo, en la canícula festiva del vacío, en un remolino sin sentido.
Los recuerdos no tienen estrellas, como los hoteles.
Encerrado en la habitación se cuela la melancolía por los cristales. Pienso en Onetti que no abandonó la cama en quince años y en Leopoldo María Panero internado. La metáfora de la habitación cerrada me da claustrofobia, y hambre. Me bajo a cenar.
Leo que el dedo pulgar se rebela, va alcanzando al dedo índice. Se rebela contra el darwinismo, la mutación, la rebelión de los segundones, de los desheredados. Esta mañana he jugado una partida de ajedrez con una niña. Lo hemos dejado en tablas. Sin espíritu competitivo el dedo pulgar no alcanzará al índice.
Sanidad pública, sanidad privada, incendios, robos, malos tratos, desapariciones, cambios de sexo. El telediario nos aleja de la realidad. Las noticias suenan extrañas, distantes. En verano hay pocas noticias. Las que quedan se exageran.
Todo lo que no es tradición es plagio. En verano nos invaden las fiestas patronales, con toros, ruido, humo, fuego, explosivos. La tradición bañada de modernidad, de nuevas tecnologías. Exceso de tradición, de calor, de petardos, de fiestas, de verano.
Dice Antonio Gala - en la tele del hotel- que el mundo se divide entre amantes y amados (excluye a los solitarios). Él está en los amados y no en los amantes. Le disgusta ser más amado que amante.
El alcalde cita a Cervantes, que compara al ajedrez con la vida. Yo leo a Céline, que dice: "mientras aún seas capaz de desempeñar un papel, tienes asegurada la felicidad".
Son monjas de clausura las que veo en la tele. Han hecho voto de silencio y de castidad, pero hablan con desparpajo. Rebosan felicidad, alegría. Dicen que no saben lo que se pierden los de fuera; ellas están dentro, en las habitaciones. Son agricultoras, votan, ven la tele, cosen, rezan, se ríen mucho. No se aburren en sus habitaciones, más austeras aún que las de los hoteles. Desde el silencio, desde la castidad, desde el convento, las monjas de clausura no nos envidian. No sienten envidia las monjas que salen en la tele de la habitación del hotel. En la tele, de niños, en Barrio Sésamo, nos explicaban la diferencia entre dentro y fuera.


galeria59 dijo
Extraordinario lo que has escrito ...
Simplemente extraordinario !
16 Agosto 2009 | 12:57 AM