Un día
Supongamos que ha sido un buen día. Un día raro como el futuro. Supongamos que lo pasaste bien. Muy bien. Uno de esos día de rojo, de amarillo, de mil colores, días coloristas y complejos. Días si pausa. Con altibajos y sin pausas. Variados y complejos, sin respiro. Lleno de sorpresas, sin tiempo a la reflexión. Encadenado de suspense y sobresaltos. Con buenas noticias, con confirmaciones de lo ya sospechado, con altibajos y caídas de luz. Que se haya ido la luz diez minutos sólo añade incertidumbre y duda. Dudas que te surgen en un día con claroscuro, en una jornada diferente e inesperada. Diferente por inesperada. Sorpresiva por los encuentros, por los reencuentros, por las ausencias, las despedidas, los encontronazos, los roces, los malentendidos, los arreglos, las soluciones provisionales, las miradas, las sospechas, el futuro, el camino que se abre, los senderos que se cierran, las puertas semiabiertas, las rendijas por las que puede entrar la luz. Días azules que atisbas peligrosos. Golosos días en los que te han dado un bombón y todavía no lo has desenvuelto. Lo dejaste en el cajón, el dulce bombón que te espera, con chocolate y almendras, para ser degustado en un próximo festín que se presume suculento y dichosos. Los bombones son para el verano; estación en la que todo se derrite, el verano, cuando el calor adormece los sentidos y las emociones se disparan. Un día azul como el mar en el que ya no te bañas. Un día festivo, sonrosado, azul, un buen día. Un día más, o menos.
