Al Qaeda y lo que significa ser moderno, John Gray
El mito del progreso se fue derrumbando ladrillo a ladrillo en el siglo XX. Los pensadores de la sospecha (Freud, Nietzsche, Darwin, Einstein, Marx) ya teorizaron sobre sus falacias. También Wittgenstein nos advirtió de que cuando las cuestiones científicas sean resueltas, nuestros problemas vitales ni se habrán rozado. El nazismo, el comunismo, las guerras mundiales son ejemplos patéticos de la inhumanidad humana. Sin embargo somos creyentes, somos optimistas y olvidadizos, y tenemos que construir nuevos templos. El economicismo, la fe en la razón, en el progreso, en la ciencia, el positivismo marcan el paradigma de una sociedad occidental que cree haber superado la autopista de la historia, de un mundo donde el presente se nos ofrece brillante, publicitado con oropeles y lujos que no nos permiten ver más allá.
En 2003, poco después del 11/S, John Gray publicó este ácido ensayo contra la falocracia occidental, contra el ombliguismo de una sociedad que no es capaz de ponerse en el lugar del otro. Partiendo de un provocador título, nos invita a descubrir la modernidad de los terroristas, a entender por qué estamos condenados a equivocarnos. John Gray, como en un juego malabar, utiliza de la globalidad y de la diversidad de civilizaciones aquellos elementos que le interesan. Sin caer en el denostado relativismo, tampoco entra a cuestionar la primacía o no de los valores de occidente, los derechos fundamentales, la universalidad de los derechos humanos (no debate sobre el burka, la ablación de clítoris o la emancipación de la mujer). Tampoco analiza el fundamentalismo islamista o el maligno poder de la inmolación, sólo constata la modernidad de los terroristas, globalizados y ciberterroristas. Sí analiza y cuestiona la modernidad occidental. Una modernidad que surge en el XVI con la creencia en un futuro mejor, que se retroalimenta con la Ilustración, se fermenta en el Positivismo y se proyecta en el neoliberalismo. ¿Crisis de modelo? ¿Crisis de sociedad? Leído en plena crisis del 2009 es verdad que acierta al pronosticar que el modelo norteamericano contagiaría al mundo si fallaba su consumo interno, que la ausencia de control estatal en los mercados libres llevaría al caos, a la entropía. Hoy aceptamos el mea culpa, pero no parecemos estar dispuestos a cambiar de modelo. No queremos renunciar a seguir en esta autopista de consumo, derroche y más consumo que nos ha aportado la extensión mundial del modelo americano. Con frecuencia, con demasiada frecuencia, incluimos en el frasco de las esencias valores no necesariamente compatibles: democracia, monoteísmo, progreso, razón, fe, proselitismo, mesianismo, civilización, positivismo, modernidad. John Gray nos recuerda con lucidez que la sociedad norteamericana es más religiosa que laica. Que los valores occidentales los vivimos y defendemos como una nueva religión, que pensamos que la ciencia nos ha liberado de la historia.
Recientemente decía A. Muñoz Molina que John Gray es el pensador más sugerente, provocador y adictivo. Doy fe de este contagio. De la satisfacción de leer un libro sobre política internacional, sobre modelos de sociedad, sobre los valores que impregnan nuestro mundo, con críticas y autocríticas que te exigen como lector cuestionarte, al tiempo que aprendes, el mundo en el que vives.
