Ver el sol
Se llama Teresa. Dice que ha perdido cinco kilos. Cinco kilos en once días. Teresa se perdió en un barranco de Ordesa, en el Pirineo aragonés. Quedó sola ante la lluvia, las tormentas, el granizo, ante el ruido del silencio. En un barranco de montaña el paso de las horas y los días se convierte en una condena. Como Robinson Crusoe, ha luchado contra el tiempo y sus fantasmas: una cuestión de supervivencia. En el alto Pirineo escuchar el sonido de los helicópteros, ver pasar helicópteros a diario sin ser vista por ellos debe de ser lo más próximo a la invisibilidad. A la invisibilidad y a la impotencia. Colgar de una rama tu jersey rojo y esperar ser divisada desde las alturas es reivindicar el protagonista, debe de ser como gritar en un mundo de sordos, como la luz para los ciegos. Sólo cinco kilos en once días. A más de dos mil metros, con más de sesenta años, una ciudadana francesa ha sido la feliz superviviente, la inesperada victima triunfadora que como el ave fénix ha renacido, ha roto todos los pronósticos, ha impuesto su querencia, su amor a la vida a cualesquiera inclemencias. Una mujer frente a los elementos, la dignidad de una mujer, a solas en el monte, bebiendo de un riachuelo y comiendo hierbas y hojas. Bien abrigada, expectante, despierta, preocupada y muy viva. Teresa le ha levantado la falda a la dama negra y le ha visto las enaguas, le ha arrancado a la muerte la ropa interior y con ella ha forjado su supervivencia, un entusiasta y maravilloso ejemplo de superación y lucha por la vida. Sin desfallecer, Teresa quería ver el sol, como David frente a Goliat, como Prometeo contra los dioses, como muchas mujeres a diario, Teresa deviene en virtud las adversidades con la grandeza que da el instinto de conservación, de superación, con la dignidad - hay que repetirlo: la dignidad- que impone llevar la razón de tu parte, ser la protagonista de tu propia vida. Con la ayuda de las fuerzas de rescate, como las heroínas de las obras más épicas, Teresa espera el alta en el hospital de San Jorge, Teresa quiere volver a patear el monte, transitar por calles españolas y francesas, desentumecer los huesos y los recuerdos, contemplar desde su resurrección lo mágico y azoros que envuelve hasta los gestos más nimios, Teresa merece verse reflejada en unos papeles que hablan con admiración de sus once días perdida entre nubes y rocas, superviviente de un verano plomizo que gracias a ella ha visto salir el sol.
