Luchad, luchad...
Dice el futbolista Villa: lo estoy pasando francamente mal. Dice Ronaldo: me gusta ver el odio en los ojos de la gente. Dice el tenista Nadal: he tocado fondo mentalmente. Son tres triunfadores, tres ganadores natos. Gente competitiva, los más competitivos del mundo, del mundo como espectáculo. El deporte es pura competición, es la competición pura. La lucha como argumento, como espectáculo, como razón de ser. Ganadores que desde la cumbre nos miran al común de los mortales y nos explican que allá arriba no todo es paz. Desde su atalaya nos recuerdan que el triunfo es muy caro. Que la victoria siempre es agridulce. Las copas están manchadas y la perfección no existe. Son las quejas de tres deportistas de élite, los que más salen en los anuncian, los que más cobran, por anunciarse y por jugar. Los que más sufren. La competición, como el boxeo, deja mella en el rostro de los púgiles, en el ánimo de unos jóvenes que se comen el mundo, de unos triunfadores que acarician el éxito y los vemos trastabillar. Rodeados de trofeos y dólares, de euros y reconocimientos, no han alcanzado la dicha. No existe la dicha, nos trasmiten desde el parnaso los presuntos ganadores. Humanos, demasiado humanos, los vencedores se arrodillan y piden perdón, por ganar, por no ganar siempre, por tener que ganar siempre, por tener que seguir ganando. El fútbol, el tenis, las carreras, la competición, la rivalidad, el odio, la lucha por la vida. La perfección como meta imposible, el fracaso como espada de Damocles. Cuando nada es gratuito, cuando jugar no es suficiente, cuando sólo interesa el resultado, cuando el perdón hay que ganarlo, cuando dormir ya no es fácil, por las noches comprueban que la cabeza les da vueltas, que un balón enorme y negro les ha robado el sueño y no hay pastillas que eviten que a la mañana siguiente sean portada de todos los titulares. Como Sísifo, como todos nosotros, están condenados, a luchar, a luchar.
