Cero grados

Cierra la puerta que entra frío, decía mi padre desde el sillón del comedor. Unas décadas después, ya no siento ni frío ni calor, cero grados. Media vida huyendo del frío y ahora oigo quejas del aire, del aire acondicionado: que tengo frío, que estoy tiritando. Y yo no siento ni frío ni calor. Me duele la rodilla pero no siento ni frío ni calor. Los sentidos se adormecen con los años, me inmunizan ante los cambios climáticos, ante los gritos, ante las sonrisas, ante el desamor. Impermeable y etéreo, naufrago sin flotador. Con la piel curtida, se hace más llevadero el otoño en este verano prejubilacional en el que ni los perros ladran. Ya no oigo ni a los perros ladrar.
