Las manos pequeñas, Andrés Barba

La infancia infeliz, la infancia culpable. La falta de inocencia, la crueldad. Los niños que se pegan, las niñas que se odian.
En el orfanato al que va Marina sólo hay niñas, niñas desamparadas y alegres, niñas huérfanas, tristes, solas, jóvenes, unidas, enfermas de amor. Marina ha perdido a sus padres en un accidente de coche - todos los accidentes son trágicos-. Marina se queda sola, con su muñeca. En el orfanato Marina encuentra otras niñas, encuentra sombras, miradas, gestos que la rodean, que no la envuelven. Marina inventa juegos, juega sola, está sola, con y sin muñeca. Como en El señor de las moscas, como en los cuentos de Poe, como en "El juego" de Patricia Esteban E., como en Saki, como en "El baile" de Nemirowsky, como en los cuentos de formación de Vargas Llosa, la infancia es un territorio perturbador y siniestro donde la ficción y la realidad se intercambian. Distintas voces narrativas se suceden como sombras órficas, voces de tragedia griega, de cuento coral asfixiante que hipnotiza al lector con los susurros del desamparo. Andrés Barba crea en esta novela una atmósfera envolvente que le acerca a La noche del cazador, sin caer en lo truculento de los cuentos de terror de Lovecraft, pero sí trasmitiendo un clima claustrofóbico y obsesivo a lo Henry James. Literatura de calidad: contagiosa, peligrosa, sin arcadia feliz, turbadora. Las manos pequeñas, confiesa Barba en la nota final, se inspira en el "Requiem para un niño" de Rilke; también podría inspirarse en la sugerente historia de Kafka de la niña que pierde la muñeca. Sin la ingenuidad de El niño con el pijama de rayas, con más mordiente que La nieta de la señora Linh, Las manos pequeñas de Andres Barba nos acerca al mundo mágico y perverso de la infancia, con una prosa sugerente que nos remite a Maupassant, Borges, Nabokov, T. Capote, Onetti... Leo que Andrés Barba nació en el año 1975, más o menos como Andrés Neuman, Isaac Rosa, Alberto Olmos, Santiago Roncagliolo o Miriam Reyes. Muy buena cosecha literaria.
