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7 Mayo 2009

Bajo los soportales

 

El Cojo se acurruca bajo los soportales. Se repliega, cansinamente, enfundado en su raído anorak. Con la piel curtida por los años y las heridas, se pone cómodo, estira una pierna. La otra, la que perdió de joven, hace como que la flexiona. Ahí, larguirucho, muestra el muñón, para aprensión y desagrado de los viandantes. Sin escrúpulos -quien nada tiene, nada tiene que perder - se exhibe al mundo, le ofrece su desnudez, la autenticidad de un hombre, o lo que de él resta.

Impertérrito, socarrón, el Cojo se ajusta la gorra de ciclista con el mimo de la modelo en la pasarela. Pero no lleva espejo ni usa maquillaje, sus cicatrices son producto de compañías mal avenidas, de noches interminables y oscuras. Sitúa un miserable pañuelo sobre las baldosas de los porches, y espera. Su trabajo es esperar, contemplar las caras de asombro y de desprecio a su alrededor; hacer una mueca, con sonido gutural incluido, cuando algún despistado echa una moneda. Por caridad, piedad, o por vaciar de calderilla los bolsillos; igual le da. A sus años no conoce de razones y menos de moral.

Hace frío, el Cojo tiene frío, y se frota las manos con la ansiedad del vendedor que va a cerrar un gran negocio. Pero el Cojo no negocia, sólo escupe con rabia en sus bastas manos para restregarlas por su ropa, por el suelo y por los arrugados cigarrillos que quema sin parar. La calle, ese espacio abierto de libertad, al Cojo le da frío, nauseas, porque es su casa, el único hogar del que no puede escapar. La calle es su cárcel, una isla en la que está condenado a perpetuidad, donde las casas son un muro como el agua para quien no sabe nadar.

Las noches, largas y silenciosas, reverberan en su memoria en forma de pesadillas, de fantasmas sin civilizar. Los noctámbulos que las recorren a horas intempestivas lo despiertan, lo devuelven a su cruda realidad. Con la botella siempre próxima, se enjuaga la garganta y las penas para recuperar la somnolencia. El alcohol es el desinfectante que apaga sus recuerdos y lo libera, temporalmente, como un secuestro o un viaje en la noria, de un presente anodino e insípido.

El Cojo descansa y ronca en su palacio de cartón cuando unos jóvenes, altos, limpios y alegres, lo rodean y golpean con patadas. Regresa al mundo de los vivos sorprendido, asustado. Ante él ve a tres muchachos imberbes y bravucones. Los oye gritar, reír, burlarse de él sin disimulo.

La calle se deviene por enésima vez en prisión de sus anhelos. No se pregunta qué habré hecho ahora. El Cojo no sabe de causas o porqués, sí de hechos consumados, de barbarie y salvajismo. No hace falta disponer de un cómodo salón amueblado, con televisión en color y pantalla ultraplana, para conocer que son frecuentes los apaleamientos a vagabundos como él.

Mira a los ojos al más fortachón de los tres, sabedor de que siempre hay que cortar las flores más crecidas para igualar el jardín. Se mantienen la mirada: uno, dos, tres segundos, casi una eternidad. Y el silencio, que se puede cortar con el filo de una navaja, se apodera de la noche, la impregna del suspense propio de películas inundadas de heridos y cadáveres. 

El viento atraviesa los porches como pidiendo perdón, sin querer molestar, con un susurro que hace aún más siniestra la noche. A lo lejos, un perro ladra desconsolado cuando los semáforos se ralentizan, adormecidos. Todo se demora, como las voces en los velatorios.

El Cojo escucha el nombre de su madre, de toda su familia, y siente miedo, pánico. Como dice la leyenda, por su mente pasa filmada la película de su vida. En blanco y negro, cómo si no en una vida oscura y gris, sin el bullicio de los niños o el calor femenino, sólo salpicada por el rojo de la sangre y el amarillo de la desolación.

El Cojo parece que va a rendirse, que vaya a implorar la piedad de alguno de esos santos en los que nunca llegó a creer.

Un transeúnte se acerca por la otra acera, con paso dubitativo. Mira con dificultad, producto de una miopía repentina, crepuscular. Se frota los ojos, balancea los brazos como quien lucha con el diablo, con su diablo, y sigue caminando.

Los tres jóvenes demoran sus actos como fruto de un ritual. Marcan el paso con aire marcial y dibujan un semicírculo en torno al Cojo, que recuerda las imágenes de una gran olla ardiendo rodeada de caníbales. Acerca su mano derecha al bolsillo, en un gesto mecánico, aprendido, como cuando de joven frecuentaba los aparcamientos y protegido por la nocturnidad forzaba las cerraduras de los coches. Para ello disponía de algún objeto punzante, pero tras algunas reyertas y sórdidas noches en los calabozos, no le queda ni una navaja a la que agarrarse. Sólo encuentra un sucio pañuelo.

 Cuando se refleja en el espejo la dama negra, cuando todo está perdido porque ya nada tiene sentido, es el momento de enfrentarnos al futuro. De mirar hacia abajo, ante el precipicio, como ahora mira el Cojo a sus enemigos. Con los ojos acaramelados, arruga la frente, se araña la cabeza, y saca dolor, odio.

De lo más profundo de sus entrañas, procedente de algún inhóspito rincón donde se depositan las energías más poderosas, emerge un grito salvador que ni él mismo reconoce suyo. Un grito penetrante como una aguja. Un grito estridente como las sirenas de las fábricas. Una voz grave, ronca, que hace iluminar las ventanas de la vecindad.

 Este grito redentor desconcierta a los jóvenes, que dudan, discuten entre ellos y se frotan los ojos molestos al descubrir los primeros rayos que les deslumbran al llegar la noche a su fin.

El Cojo ve cómo se distancian los jóvenes, cabizbajos, con desgana. Por esta vez se ha librado. Como un lobo estepario, se queda con el tatuaje de su soledad. Una mancha que ya no le abandonará.

 

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"Se miente más de la cuenta por falta de fantasía. También la verdad se inventa" (Machado). "La poesía es algo que anda por las calles" (García Lorca). "No hay libros morales o inmorales. Sólo existen libros bien o mal escritos" (O. Wilde).

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