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3 Mayo 2009

Ladridos

 

          Cuando me ladra en el ascensor el perro de la vecina le pegaría un puntapié. Lo lanzaría escaleras abajo. Me quedaría con la vecina y ahuyentaría al perro. Lo veo como mi enemigo, mi rival. Me defiendo de él con un grueso libro de cuentos de Chejov. El perro de la vecina está mal programado. Como yo, que ladro fatal. Mis ladridos suenan quejicosos y lastimeros. Se reiría el perro de la vecina si yo le ladrara. Desde sus treinta y nueve centímetros, se erizaría el cabello del perro de la vecina y acercaría su hocico a mi pantalón, pretendería morderme, ganarme la partida, el perrito faldero de mi vecina. Apenas me saluda mi vecina, me gustaría oír sus ladridos. Me comunico más con su perro. Nos llevamos mal pero nos comunicamos, nos ladramos a nuestro estilo. Él con sonidos, yo con gestos de susto, aparentando miedo, reclamando la ayuda de mi vecina, que nunca reacciona, que no se inmuta ante mi presencia. Podría acariciar al perro, sobarlo con delectación, como estrategia, como arma integradora, seducirla a través de su perrito, con carantoñas salvajes que despierten su complicidad. El perro de mi vecina no tiene sexo, es un perro asexuado y juguetón que sólo juega con ella. Nunca jugaré con mi vecina, con su perro, con el ascensor. Cuando nos quedamos atascados dentro, con la puerta bloqueada, se arrimaron ellos, y me dejaron ahí desplazado, pegado al espejo en medio metro cuadrado, arrinconado. ¡Aprieta el botón rojo!, me ladró la vecina. Nunca me había hablado, ni ladrado. Sácanos de aquí, a mi perro y a mí, imploraba mi vecina. Le hubiera preguntado el nombre, el suyo, no el del perro. No me dio oportunidad, tampoco era el momento. Nunca encuentro el momento. Nos sacaron antes de que empezáramos a sudar, antes de los babeos, de las lágrimas. Hice el gesto de sacar el pañuelo pero quedé interrumpido por los ladridos, esta vez no recuerdo de quién. Ahora, cuando coincidimos en la puerta, suben y bajan por la escalera. Pienso en comprarme un perro, como mi vecina, o un gato, para que riña con su perro. Ni siquiera hemos reñido. Los ascensores son tan fríos que no dan juego entre mi vecina y yo. Cada día oigo menos ladridos. En el cuento, la señora del perrito se enamora del desconocido. En mi ascensor, los ladridos no saben de literatura. Tendré que cambiar de libro, de vecina, de ascensor. En las historias de amor no se oyen ladridos.

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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