La carne más barata

Orwell puso a hablar a los cerdos y nos asustó. Los preferimos con sus gruñidos, con su huik-huik nasal y sucio, y en el plato saboreamos el jamón cortado con un cuchillo fino y afilado. Las granjas estaban en el interior de los pueblos y por su olor porcino las alejaron a las afueras. En algunos pueblos notamos el olor al entrar. Y los gorrinos, cada vez más apelotonados, vaguean entre bellotas y estiércol. Siempre nos hemos tapado las narices ante su cercanía. No esperábamos ver mascarilla en las ciudades. Temíamos las mascarillas por la 3ª Guerra Mundial, pero no esperábamos la revolución de los cohinos. Se dice que del cerdo hasta el rabo, que a todo cerdo le toca su San Martín, y así. Panceta, magro, chuletas, solomillo, cinta adobada y al ajillo, tortetas, longanizas, chorizos, la sangre frita, el rabo, la lengua, las orejas. La matacía como ritual, como fiesta integradora. La carne de cerdo es la más barata y la que más se aprovecha. Ya digo, del cerdo hasta el rabo. Ahora nos pondremos mascarillas. Prohibido tocarse, acercarse, olerse. Con la caída del sida viene la peste porcina. No me estornudes encima, lávate más, no me tosas, cerdo. Todas las plagas tienen un halo de revolución conservadora, de castigo de los dioses. Las enfermedades lo son del alma. Con mascarilla parecemos anestesistas, curanderos, hipnotizadores, bandoleros del siglo veintiuno. Algo huele a podrido. La sociedad del riesgo. La búsqueda infructuosa de seguridad. La paz perpetua no existe. Vivir es un riesgo. Con y sin mascarilla. Pollos, vacas, cerdos, transgénicos, implantes de silicona, ortopedias, verduras, naranjas azules, peces de colores, gaviotas verdes, la gallina de los huevos de oro, el cuento de la lechera. Un amigo tenía un cerdo y lo alimentaba a diario, lo cuidaba con el cariño que se le da al ser más querido. En el cuento de Los tres cerditos el lobo acaba en la cazuela. Ponte la mascarilla.
