El primer cigarrillo
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Habíamos quedado en el viejo barranco. No hacía falta cruzar el río ni la vía del tren. Bastaba con pasar la carretera general y bajar una callejuela empinada. Olía a desagües, a heces, a podrido. Las cañerías, enormes, las podías atravesar, si te atrevías. Esos grandes tubos, unos cilindros como un túnel oscuro, eran señal de peligro y aventura. Había matojos, humedad, hierbajos. Arriba quedaba la ciudad, con el ruido de los coches a lo lejos, y de repente, nos creíamos casi en la selva, como unos exploradores. Nos mojamos el calzado y comprendimos que no íbamos bien equipados, aunque uno llevaba una cantimplora. Queríamos entrar allí: saber si lo habitaban enormes ratas, sentir su sonido desde dentro, impregnarnos de oscuridad.
Llevábamos cerillas. De esas flexibles y pequeñas que se encendían en cualquier sitio. Contaban que los mayores las prendían en su barba. Cada uno traíamos algún cigarro, cogido en casa, a escondidas: Bisontes, Celtas, Ideales. El Bisontes era rubio y más caro, debía de ser mejor.
A la entrada del barranco encendimos el primer pitillo y tosimos mucho. Sabía fatal, olía raro y quemaba. Pero te daba un aire de mayor, era como aprobar, como pasar de curso. Aunque ponías la cara de asco de cuando apartabas en el plato de arroz trocitos de pimiento verde o rojo. Entramos al túnel en fila india. No vimos estalactitas, pero nos calamos de humedad y hacía mucho frío. Anduvimos un buen trecho a oscuras, unos siete u ocho metros. Gastamos algunas cerillas, que se apagaban pronto y te quemaban los dedos. De pronto, dimos la vuelta, corrimos. Salimos disparados porque el primero se asustó por algún ruido extraño y nos pusimos muy nerviosos. El de la cantimplora, la perdió.
Al llegar afuera nadie sabía por qué ni de qué huíamos. Daba igual. Lo importante era que habíamos ido a fumar por primera vez. Nos sentíamos orgullosos y sucios, felices y cansados; teníamos diez años.
