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10 Abril 2009

Ni de Eva ni de Adán, Amélie Nothomb

 

 ¿Me gustas, no me gustas? Amélie no tiene dudas: le gusta pero no lo quiere. Al japonés, a su novio japonés que se enamora de ella. Dos jóvenes veinteañeros viven dos años de pasión en Japón, sin turbulencias, sin estridencias. Quizá el defecto de él, de Rinri, sea su falta de defectos. Parece que Amélie nos dijera: nunca me casaría con un hombre tan bueno, tan perfecto. Una historia de amor con fecha de caducidad. Una historia en la que lo exótico, lo oriental, es el atractivo para nosotros, los occidentales. En su obra más destacada, Estupor y temblores, el elemento nipón se conjuga con la conflictividad laboral, ambos van paralelos. En Ni de Eva ni de Adán no alcanzan los personajes esa intensidad dramática, o será que hemos visto demasiadas pelis de amor. Es una novela fácil de leer, escrito casi como un guión, con muchos diálogos, muy cinematográfica. Amélie Nothomb, como Paul Auster, como Haruki Murakami gusta a todos los públicos, a los más y los menos exigentes. Me ha recordado algo a Lucia Etxebarría, a los cuentos de  Cristina Grande o a París tres de Aloma Rodríguez. Lo más interesante es conocer detalles de la vida en Tokio, como en Lost in Traslación de Sofia Coppola, aunque nos deja la sensación de descubrir que es más lo que nos separa que lo que nos une a occidentales y orientales. Esos exámenes a los cinco años, esa dedicación al trabajo, las cámaras de fotos, los ancianos, las poses, las reverencias, las comidas... La postal que nos vende Amélie de sus orígenes es agridulce, como el jengibre, como cualquier especia, que puede condimentar o puede empachar. No parece la mejor guía turística de Tokio, este cuento juvenil, esta limpia historia de amor, con sus momentos de humor (menos de los pretendidos por la autora) en la que la universidad es un mero trámite, el amor una vida de conocimiento, el juego todo lo que no es trabajo, el avión una vía de escape, los idiomas una excusa para acercarse al otro, donde las bañeras son grandes, los coches cada vez más blancos, y la sorpresa y el azar es lo que impulsa la vida de los jóvenes, sin despreciar el ritual y la magia. Un ambicioso cóctel que daría para muchos tomos pero afortunadamente se reduce a una amena novela ligera y entretenida, de fin de semana. El paraíso no existe, gracias por recordárnoslo, Amélie.  

 

 

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