Los abrazos rotos, Almodóvar
Sin emoción sólo tedio, dice Carlos Boyero, el que más entiende de esto. Tampoco es para tanto. Es cierto que se alarga innecesariamente, que falta alguna elipsis, un tijeretazo en algunas escenas, aunque al final cumple. Te quedas con ganas de saber qué pasa en esa película que se rueda dentro de la película. No es cierto que Lluís Homar no trasmita emoción, ni Blanca Portillo, ni Tamar Novas (Diego). ¿Y Penélope? Cada vez lo hace mejor Penélope Cruz, Pedro Almodóvar lo sabe y nos muestra su boca, su sonrisa, su pelo (da igual que sean pelucas) y se recrea en los primeros planos, la enfoca una y otra vez y da gusto mirarla, a Pe. Siempre tiene las manos ocupadas, de nuevo la vemos cortando tomates, de nuevo la vemos con tacones (Almodóvar es un fetichista con los zapatos). Donde deja el sello genial el manchego es en esos planos lentos, desenfocados, como en el picado en el que vemos a Lluis (o Mateo o Harry) bajar las escaleras rectangulares, sin mover la cámara, o en los movimientos iniciales de un pie y del respaldo del sofá como únicos testigo del acto sexual. Además de los zapatos y los tomates, insiste en los concejales corruptos, en la cocaína, en los hospitales y en los amores atormentados, o en lo atormentado del amor. El mundo almodovariano rinde un homenaje permanente al cine en blanco y negro, a los clásicos, a Hitchcock, a las escaleras peligrosas. Los abrazos rotos no consiguen ese ambiente claustrofóbico, la desesperación de los grandes dramas, pero sí atrae, ya digo, a pesar de su metraje, vale la pena, lleva el sello de la casa, con un argumento no tan complicado como la fallida La mala educación, pero parece como si quisiera homenajearse a sí mismo, a Mujeres al borde de un ataque de nervios. A quien valore ésta, junto a Volver, a Hable con ella, a Todo sobre mi madre, Matador, La ley del deseo, ¿Qué he hecho yo para merecer esto?, no le defraudará Los abrazos rotos. Película con ciego y bastón, con desmayos, con celos, con muchos celos: Almodóvar.
