Tramposos
Lo primero que aprendemos es a hacer trampas. Somos unos tramposos. Por costumbre, por supervivencia. Cansado de quince días de pastillas he ido al taller a dejar el coche, que hace ruidos raros, para que me lo guarden, que lo escondan, para así andar más. No lo han querido, el coche, dicen que no venden coches pero que el taller de reparaciones está lleno, que me lo lleve, que no es obligatorio que lo utilice, que ande si quiero, que coches tienen demasiados. Esta vez no me han dejado hacer trampas. De pequeño me dijo el psicólogo (¿o era la psicóloga?) que no tenía memoria, que mi memoria era muy deficiente. Desde mi alzheimer, me he pasado la vida admirando a los camareros, a los actores, a los cuenta-cuentos. Tantas veces intenté memorizar un soneto...tantas veces que no las recuerdo. Sí he recordado al psicólogo cuando he ganado partidas de ajedrez, cuando he aprobado exámenes y oposiciones, pero los sonetos se me resisten, se me olvidan. Con la r, con la letra erre, me acerco a la pronunciación de los franceses, y de Cortazar. Hago trampas con la lengua y disimulo, me lo explicó uno que no era logopeda pero que sí le fallaba el frenillo. También hago trampas por la calle, para compensar la miopía acabo saludando a todo el mundo, a todos los que giran la cabeza en mi dirección, les respondo con un gesto, quizá los conozca aunque no lo recuerde (siempre olvido las gafas). Los escritores se olvidan de los nombres al hacer las dedicatorias. Alguno pregunta el nombre completo, nombre y dos apellidos, dime tu nombre completo, sí, ya sé cómo te llamas, cómo no (en ese momento no se acuerdan), es que me gusta hacer así las dedicatorias, y tienes que decirle tu nombre completo, aunque seas su hermano, su hermano carnal. De los libros y las películas, los desmemoriados sólo nos quedamos con sensaciones, con estados de ánimo, impresiones generales; las tramas y los argumentos los olvidamos sobre la marcha. Cuando años después te preguntan por el final, se muere o no se muere el protagonista, lo matan, resucita...tú no recuerdas ni cómo empieza. Montaigne también se quejaba de la memoria, de su falta de memoria, y como también fue un tramposo, escribió varios tomos de ensayos. Sí, haz memoria, son los famosos: Ensayos de Montaigne.


Luis Borrás dijo
Yo por eso comencé a escribir. Para poder recordar, para mentir, para inventarme la realidad. Escribo algo en un papel y luego no me acuerdo donde lo dejé. Luego me encuentro papeles en el bolsillo y no recuerdo haberlos escrito.
Un abrazo
3 Abril 2009 | 09:38 AM