El sótano, Thomas Bernhard
Iba camino de la escuela con la cartera y tomó la decisión de su vida: darse la vuelta y entrar en la oficina de empleo. Buscar un trabajo de aprendiz en la dirección opuesta. Thomas Bernhard se sentía atrapado entre dos mundos miserables: el de su familia y el de la escuela. Y tomó la dirección opuesta: la que para él fue la acertada: conseguir un trabajo de aprendiz en el barrio más miserable de Salzburgo, ir a trabajar con quince o dieciséis años al sótano, a un oscuro comercio de alimentación donde tenía que cargar con sacos de más de cincuenta kilos, pasar horas rodeado de polvo, de malos olores, de la gente más pobre del mundo. Y se sintió bien, nunca volvió a sentir esa sensación de disfrutar con lo que hacía, nunca más fue tan dichoso en su vida personal como en esos dos años que trabajó sin parar, en los que lo único desagradable eran los sábados y los domingos, los terribles sábados y los horribles domingos. Rodeado de miseria le gustaba hacer algo útil, sentirse vivo, cuanto más desagradable era el mundo de la posguerra centroeuropea en los años cuarenta, el joven Bernhard agradecía estar vivo. Fueron dos años en el sótano, dos años que nos describe a lo largo de un largísimo párrafo en el que las repeticiones, las obsesiones forman una partitura feliz en un mundo infeliz, en el que la guerra es la poesía del hombre. Podlaha es el dueño del poblado de Scherzhauserfeld en el que veía lo más horroroso y atroz, la verdad de la vida, la antesala del infierno. Acepta, Bernhard, que lo que importa es sólo el contenido de verdad de la mentira, para quien escribir es una necesidad vital. La melancolía y el hastío son para el autor austriaco las características más acusadas del ser humano, como en el infierno de Dante, como en El mundo como voluntad y representación de Schopenhauer, como en El miedo a la libertad de E. Fromm, el hombre no ama la libertad, nos dice Bernhard, todo lo demás es mentira. El mundo no es tan importante como creyó su abuelo, se llena de frases altisonantes que son manifestaciones de incompetencia. La felicidad, como la infelicidad, está en todas las cosas y en ninguna. Y la literatura en pocos libros, en libros como El sótano sí.




padron-duenas dijo
Pues yo te leo, y si yo… te leo… seguro que unos cuantos más o muchos más lo hacen.
Un abrazo
29 Marzo 2009 | 03:26 PM