Cinco horas con Mario, Miguel Delibes
Las personas que piensan mucho, Mario, son infantiles, ¿no te has fijado? Se lo dice Carmen a su marido, a Mario, su ex marido que ha fallecido. Se dirige a él en segunda persona, igual que Félix Romeo en Amarillo le habla a Chusé Izuel. De entrada habría que desconfiar de quien tutea a los muertos, como decía Javier Marías en una de sus diatribas semanales. Carmen, la viuda, se dirige a Mario durante las cinco horas de velatorio y repasa la vida en común de este matrimonio de los años cincuenta y sesenta. El monólogo de Cinco horas con Mario ha triunfado en el teatro con Lola Herrera, que ya actuó en la versión cinematográfica de 1981 de Josefina Molina, Función de noche. También sabemos con Tolstoi que las familias felices son iguales y las infelices lo son cada una a su manera. El retrato de una familia franquista de clase media nos es más cercano de lo quisiéramos pensar. Cincuenta años no son nada y nos vemos reflejados en muchas de las actitudes, de los silencios, de las hipocresías, de las apariencias de lo que fuimos y todavía somos. De los problemas de pareja, de los malentendidos, de cómo habíamos soñado con una vida y nos escudamos reprochando a los demás nuestras carencias, fracasos o desengaños. La familia es un calidoscopio del que salimos retratados como de un espejo valleinclanesco, esperpéntico. Una mujer y un hombre son las dos caras que refleja Miguel Delibes: el conservadurismo y el progresismo, el materialismo y el idealismo. La mujer sumisa en casa que se desquita, desahoga y rebela ante el tiempo perdido. Un levantar la alfombra que supone un despertar de una mujer que está harta de su pasado. Sin embargo, protesta desde su condición tradicional, desde sus principios y valores religiosos y conservadores (con el remate final de un escarceo extramatrimonial). Se enfrenta a la figura del intelectual, del intelectual de segunda que es capaz de escribir un infumable libro pero incapaz de comprar un mísero seiscientos a su familia. Miserias que se airean al abrir las ventanas. ¿Cuánto hemos cambiado?; cantaban Presuntos Implicados ¿cómo hemos cambiado? Me hubiera gustado leer este libro como un relato de la prehistoria. Pero no, desgraciadamente lo he entendido todo, cada escena familiar del llamado ahora casposo y cutre franquismo me ha resultado cercana, no somos tan diferentes a nuestros padres y abuelos (hoy un psicólogo decía ufano en El País: "los jóvenes son más listos que sus abuelos y bisabuelos") . Los seiscientos están en los museos, pero se parecen más de lo que creemos a muchos de nuestros coches. Excesos aparte, claro que reconforta saber que muchos deseos aplicables en la novela a Mario como utopías, ya forman parte de nuestra realidad; otros siguen como ilusión en una época en la que derecha e izquierda se pelean por las mayúsculas (a Mario le encantaba escribir las palabras en mayúscula). La Libertad y la Justicia se van intercambiando. A la libertad los unos la llamaban libertinaje, ahora hasta la apellidan digital; a la Justicia los otros se la cedían a Cáritas, ahora crean consejerías de bienestar y asuntos sociales. Cinco horas con Mario no queda muy lejana de las Escenas de matrimonio y el Cuéntame cómo pasó. Espejos de un pasado muy reciente, demasiado reciente. Que enganche este libro de Delibes, sobre una viuda de los años 60 que le habla al marido, es por estar muy bien escrito y porque no hemos cambiado tanto. Los obituarios y necrologías, como las esquelas, trágicamente nos apasionan.
