El aliento, Thomas Bernhard
Al podar las plantas surge una sensación ambivalente: el cortar como acto de amputación y el saber que florecerán con más fuerza. En los hospitales se vive a diario ese juego de bisturís y tubos que apuntan hacia el futuro. La paciencia es el arma que abriga al enfermo, y la esperanza envuelta en ciencia a los médicos. La estancia prolongada en centros sanitarios impregnó la vida de Thomas Bernhard cuando a los dieciocho años ingresó en la que él llama la habitación de morir, como una sala de enfermos terminales, una UCI o una UVI, como una antesala de la muerte. Por ciencia y por azar se libró de acabar en un ataúd, en uno de los muchos féretros que veía desfilar a diario por la Salzburgo de los años cuarenta. Unido cada vez con más intensidad a su abuelo, al conocer su muerte le supuso un renacer, un punto y aparte en su vida. Luego se reconcilió con su madre y continuó cercano a los centros sanitarios. Hay ternura hacia los familiares próximos en El aliento de Bernhard, pero sobre todo está la mirada de un joven enfermo, de quien va asumiendo que su vida estará condicionada por un cuerpo débil, por unos pulmones deficientes que le harán madurar desde sus carencias. Como cantante, como violinista, como escritor, recomienda a los artistas la reclusión temporal en un hospital, en una cárcel o en un monasterio, como proceso catártico para la vida creativa. Nos recuerda Bernhard - en contra de Eliot- que enero es el mes más cruel, el de más enfermos y muertos. La prosa del autor austriaco hace fácil seguir la lectura de su atormentada autobiografía. Cuando de verdad le importa algo lo repite obsesiva y rítmicamente, para dejarlo claro, para que se grabe en las mentes del autor y del lector. El aliento deja aliento para nuevos capítulos de la vida y obra de Bernhard.
