Cuando fuimos huérfanos, Kazuo Ishiguro
Forman desde 1983 el British dream team, la generación Granta: Ian McEwan, Martin Amis, Julian Barnes, Kazuo Ishiguro, Salman Rushdie. En este blog ya comenté alguna obra de ellos, como Pálida luz de las colinas. Ishiguro, nacido en 1953, es de origen japonés. Esta ascendencia oriental sirve a los críticos occidentales para justificar la mezcla de orientalismo y exotismo en una obra difícil de clasificar. En Cuando fuimos huérfanos comienza la novela en Londres. Un joven aspirante a detective, Christopher Banks, un falso Sherlock Holmes, nos acompaña por la sociedad aristocrática como si estuviéramos en un relato de Scott Fitzgerald o de Henry James. Pronto descubrimos que el tono jamesiano es el de El mentiroso o el de Otra vuelta de tuerca. El narrador nos traslada a Shangai y comienza la desesperada búsqueda de sus padres. En la novela hay una constante mirada al pasado, un juego de elipsis, un paseo entre la memoria y el olvido que le aporta una densidad y personalidad inconfundibles. En la recreación de la infancia me gusta cómo rompe con el mito de la arcadia feliz, en unas escenas entre inocentes y crueles. Como en Agostino de Moravia, vemos el egoísmo de los niños, lo poco que les importa el mundo de los adultos, y lo mucho que dependen de él. Como en las muñecas rusas, pasamos de una secuencia a otra en un rompecabezas cada vez más quijotesco, más kafkiano, donde la verosimilitud queda al límite, a gusto del lector. Lo que comenzó como una tranquila novela costumbrista se convierte en una desasosegante historia en el lejano oriente. En una batalla campal, con chinos, comunistas, japoneses, espías, corruptos, bebedores, mujer fatal, jugadores, entre la Casablanca de Bogart y los universos literarios de Graham Green y Joseph Conrad. En Cuando fuimos huérfanos casi nada es lo que parece. Un libro complejo, con sabor a H. Murakami y a P. Auster. La narración de un cobarde muy valiente, de un mediocre inteligente, de un personaje odioso y tierno, increíblemente creíble. Oriente y occidente como padres de la orfandad contemporánea.
