Las vírgenes suicidas, Jeffrey Eugenides

Conocía la versión cinematográfica de Sofía Coppola. Como suele ocurrir, me ha gustado más la novela. Las relaciones entre literatura y cine sabemos que son de amor/odio, como casi todo lo importante. Bolaño sugería no leer un libro si ya has visto la película: ¡nos queda tanto por leer! Esta vez no he seguido su consejo. Las vírgenes suicidas es el primer libro de Jeffrey Eugenides (su segunda novela Middlesex fue premio Pulitzer 2003). Es un ejercicio narrativo muy arriesgado el empezar una novela por el final, el contar en la primera línea: "La mañana en que a la última hija de los Lisbon le tocó el turno de suicidarse...". Recuerdo que en El túnel Sábato también hacía este ejercicio: identificar al muerto y al asesino desde el principio e invitar al lector a que lo siguiera. Con las cartas boca arriba el autor se guarda la coartada, el móvil, el por qué. Aunque como lectores sabemos con Cernuda que hay preguntas que no tienen respuesta, como en este caso las causas de una sucesión de suicidios juveniles. Las nínfulas de la novela, las lolitas menores de edad son jóvenes, guapas, deseadas y se supone que infelices. El recuerdo de su tragedia es narrada por un adolescente. Con sus amigos, nos trasmite la educación sentimental de toda una generación. Nos involucra en sus dudas y aprendizajes, nos hacen descubrir a su lado los secretos de la vida. El paisaje de la novela se alimenta de las casas con jardín, de los cortacésped, del repartidor de leche, las fiestas, el buzón de la puerta, las escaleras, las escuelas, los uniformes, un universo visual que hemos interiorizado tras cientos de horas de series de cine y televisión norteamericanas. Como si de una investigación se tratara, como en A sangre fría de T. Capote, vamos recorriendo los escenarios visitados por las muchachas, reviviendo sus momentos públicos y privados, los más íntimos y los mas superficiales. La enfermedad de los árboles, las moscas del pescado, la nube que no se aleja de la familia Lisbon nos situan en el ambiente propicio para la desgracia. Decía Freud: el objetivo último de la vida es la propia extinción, toda muerte es un suicidio disfrazado. En la novela hay dosis de fatalismo, inevitables referencias al suicidio como razón de la sinrazón, pero estamos ante una novela que levanta el vuelo. Un ejercicio literario que bebe de la nostalgia y la melancolía sin recrearse, sin tocar fondo, afortunadamente. Como en Suicidios ejemplares de Vila-Matas, el lector sale indemne. Resulta menos contagiosa Las vírgenes suicidas que leer a Pessoa, a A. Pizarnik o a Pavese. Una anciana griega comenta en la novela: no entenderé jamás por qué en este país la gente se empeña en ser constantemente feliz.
