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12 Enero 2009

Los números de Almudena

Esta mañana me ha sentado mal el café. De mi madre he heredado la fijación ante las patadas al diccionario. De mi padre, ante las patadas a las operaciones básicas de cálculo. Esta mañana, cuando tomaba el café, leí el artículo (remunerado) de Almudena Grandes en la contraportada de El País. Se me atragantó el café, sí. Divide millones entre millones y el cociente le da millones. Qué suerte, qué pena. Por fin lo han rectificado en la versión digital. Aunque han incorporado una “Fe de errores” que no le ayuda mucho. Nos dicen que ha copiado un artículo que circula por internet. Por lo menos Bryce Echenique plagia a autores con firma. O Luis Racionero lo llamó intertextualidad. Y era director de la Biblioteca Nacional. Luego fue Rosa Regás. Supongo que Almudena está haciendo méritos para ocupar también ese sillón. Me dice mi hermana que últimamente escribo comentarios más afines a la derecha. Igual tiene razón, porque en las últimas elecciones sólo recuerdo que apoyara a IU la “intelectual” Almudena. Será que yo también me canso de algunos compañeros de viaje. Esto de llevar veinte años madrugando y pagando hipoteca hace que algunos chistes ya no te hagan gracia. De jóvenes, en los ochenta, cuando éramos pobres y felices que decía Hemingway, nos gustaba “la mala reputación” de Brassens, versionada por P. Ibáñez: “Si en la calle corre un ladrón y a la zaga va un ricachón, zancadilla pongo al señor y aplastado el perseguidor”. Y podía hacerte gracia la frase de B. Brecht: “me alegro tanto cuando abren un banco como cuando lo atracan”. Éramos jóvenes, pobres, felices y de izquierdas. Y José Luis Aranguren decía que sólo se puede ser intelectual de izquierdas. No pienso leerme el panfleto de los voceros de la COPE que dicen “por qué dejé de ser de izquierdas”. Pero sí leía y sigo leyendo a F. Savater, J. J. Millás, Vargas Llosa, Felix de Azua, Vicente Verdú, A. Espada, Muñoz Molina, Elvira Lindo, J. Marías, J. Ramoneda, M. Vicent… aunque algunos de ellos digan no ser ya de izquierdas. Ayer escribía Muñoz Molina: “el trabajo hecho con atención y entrega es en sí mismo una recompensa; también una forma de desmentir el infierno”. Yo no llego a tanto. Nunca me ha gustado trabajar. Sigo pensando que sólo son ricos los que no madrugan. Por eso me siento víctima del sistema. De un sistema basado en las estadísticas. En el que los funcionarios padecemos unos índices de absentismo laboral vergonzantes. Como todo funciona por medias, por baremos, por ratios, todos pasamos por vagos. Qué pena, sí. Decía R. Sánchez Ferlosio que Aristóteles fue el primer burgués, por preferir el orden a la justicia. Le confesaba el otro día a una escritora que ya sólo disfruto con el marisco y los goles de Messi. Y me llamó burgués, debía de tener razón. “Quien nada tiene, nada tiene que perder”, Kierkeegard. Y Churchill decía: "El que a los veinte años no es de izquierdas es que no tiene corazón; pero el que sigue siéndolo a los cuarenta es que no tiene cabeza". Y dicen que cuando la izquierda llega al poder se derechiza. Pobre panorama. Antes siempre apoyaba a los equipos pequeños frente a los grandes. Al subirme al carro de la messimanía, me entran remordimientos izquierdosos al disfrutar por fin de las goleadas, de las goleadas de los grandes a los peques. Tantos años de resignación católico-izquierdista debilita las neuronas, tanto ponerte del lado de los perdedores se contagia, tanto estar triste porque no todo el mundo sea feliz se trasluce en tu pobre mirada, tanto victimismo te cala en los hueso y no hay forma de superar el frío de vivir. Dice Jorge Volpi que nos salvan el sexo, el lenguaje y la imaginación. Yo me confomo con el lenguaje, y un poco de imaginación. Ser de izquierda se supone que es creer en la redistribución de la riqueza (qué bien suena). Y en el cambio. Antes se decía en el Progreso. Hoy es ya difícil creer en el Progreso. Ahora surge en occidente el fundamentalismo ecológico. Los talibanes del reciclaje. Cuando tiras un papel fuera del cubo de reciclaje te miran como a un delincuente. Quienes viven necesitados de axiomas, de doctrinas, de mitos, de órdenes, se convierten en sargentos y monaguilos del la religión ecológica: ¡es pecado no reciclar un papel, pobres arbolitos, vas a acabar con la madre Tierra! Cuanto más lejana y abstracta es la solidaridad (los arbolitos, los palestinos) menos interesan los que tenemos cerca. Tenía razón Voltaire: “Ni los filósofos ni los pobres tienen patria”. Ayer decía Javier Marías, con cierta inexactitud, que cada vez trabaja menos gente. Pero sí coincidía con A. Muñoz Molina en que cada vez hay más ruido. Dice éste, y así termino: “El tumulto alcohólico y los apretujones de las multitudes en torno a un reloj, a unos cohetes, a una imagen religiosa, a un camión de tomates maduros, a unos becerros despavoridos, a hogueras en las que arden grandes muñecones de cartón, gozan de un prestigio intocable en España, donde no hay barbarie colectiva que no merezca el patrocinio oficial.”

Espero que mañana me sienta mejor, que me siente mejor el café.

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Algo debe amarse mientras dure la vida, L. Cernuda. Es preciso embriagarse sin tregua: de vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero embriagaos, Ch. Baudelaire.

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