Sardinas

Al quitarles las espinas quedan sabrosas y desnudas, las sardinas. Pobres sardinas, que se abrigan de escamas y nadan sobre su espina. Sin espinas no son nada, aceitosas en el plato, hundidas en el agua. El agua, pozo de luz, océano de peces. Las sales marinas nutren los mares, alimentan a los pescadores. El agua se saliniza dulcemente y mis dedos se agrietan con olor pescado. Las sardinas dejan las aguas y se bañan en el H2O del grifo. Silenciosas y alargadas salpican la fregadera. Doradas, rebozadas chispean en la sartén con la pasividad de los eunucos. Con el silencio cómplice del agua arenosa que las vio partir. La pescadería es el cementerio de los ídolos caídos. Una piscina envenenada. Sabrosas, descabezadas, las sardinas me miran. Impregnan mis manos de un azulado intenso. Con el sabor de los días perdidos. Sardinas frescas, apetitosas, voraces.
