Salsa rosa

Como no quiero hablar de economía, será lo más cómodo felicitar a la selección de fútbol, por ganar ayer, en el último minuto, a Bélgica. Hablar de literatura me resulta hoy más comprometedor. Al nuevo premio Nobel no lo conocía; algún día habrá que leerlo. Sí conozco a Milan Kundera, triste protagonista de acusaciones sobre delación. Leía a G. Grass cuando se auto-acusó de participar en las S. S. También he leído y disfrutado de Cela, que tampoco quedó libre de complicidades con la censura. Del autor checo estaba ahora con “El arte de la novela”. Unas reflexiones interesantes sobre el proceso creativo. La figura de su compatriota Kafka es el eje de sus comentarios. Me gustó que destacara “El castillo” como cumbre de su narrativa. Sin ignorar “El proceso” como símbolo de la sociedad totalitaria, como premonición de lo que vendría después. La vocación detectivesca nos lleva a querer leer entre líneas, a buscar en ese ciudadano oprimido que sería el Kundera de los años cuarenta y cincuenta, alguna pista de su “chivatazo”. O soy mal detective -que lo debo ser- o simplemente no hay rastro –que no debe haberlo- en este libro de las flaquezas de Kundera con la policía. Sí hay confesión de sus manías, de sus caprichos como escritor obsesivo, de su fijación con la traducción de sus libros. De ahí a ser delator todo un abismo. Maniáticos deben de ser la mayoría de los escritores (y quizá de las personas). Recientemente decía A. Muñoz Molina que ya no daría más entrevistas a quienes no hubieran leído la obra objeto de cada entrevista. Poco después, supongo que criticaría a Elvira Lindo –admirada por mí y casada con él- a quien Penélope Cruz descubrió que la entrevistaba sobre la película que hizo con W. Allen sin haberla visto. Así como es peculiar que Javier Marías ya no lea libros editados por Anagrama porque discutió con el editor (yo prefiero no conocer a Jorge Herralde porque ésa es la editorial que más leo). Ya queda lejana la trifulca entre Varguitas y Gabo –con faldas y puñetazo de por medio-, pero la distancia ideológica hace que “Historia de un deicidio” –de cuando Vargas Llosa admiraba a García Márquez- siga sin reeditarse. Tampoco toca hablar de por qué un día J. C. Onetti decidió no levantarse más de la cama. Y por supuesto, la reciente huida de David Foster Wallace -de quien leí “Entrevistas breves con hombres repulsivos”, libro extraño y sugerente- entra ya en temas mayores. De los muertos, han quedado como maniáticos: Valle, Quevedo, Umbral… Como no quería escribir de economía, ni de fútbol, ni de sexo, sólo de (mis) manías, aquí queda este “salsa rosa” literario.


innisfree dijo
Me gusta conocer estas miserias de los escritores. No desmerecen su obra y ayudan a desmitificarlos. Pues el hecho de que alguien sepa conmovernos a través de la palabra no significa que posea más o menos altura moral, ni más o menos cualidades como persona.
Respecto a la tendencia maniática debe de estar relacionada con la obsesiva, que también forma parte de la mayoría de escritores y que posiblemente constituye un rasgo de la personalidad que ellos canalizan por ahí, intensificado con una exaltación del ego.
Siempre me he preguntado cuántos de los escritores (o artistas) famosos habrían escrito desde el anonimato, con la seguridad absoluta de que nunca nadie sabría nada de su nombre ni de su vida.
¿Cuánto componente de narcisismo hay en la creación artística? Mucho, en mi opinión. ¿Eso la desmerece? No la desmerece, pero sí la sitúa en su lugar.
19 Octubre 2008 | 07:37 PM