Sin publicidad

Sin publicidad no se es nada, ni nadie. Hay que anunciarse, venderse. El límite lo pone el mercado, y el lenguaje. Si exhibes tu cuerpo al mudo puedes recibir elogios. Superado un punto caes al vacío, te prostituyes. Ese punto es tan liviano como un cabello de mujer que separa a dos amigos. Vender y venderse. El alcalde, Gallardón, dice que son vejatorios los hombres-anuncio. Lo secunda la concejala, Ana Botella, que suspira: con la que está cayendo… Se supone que para ella hay noticias más importantes, que cómo son los periodistas, que de qué cosas se preocupan, primero le atribuyen a José Mari un lío con una franco-argelina y ahora hacen un titular sobre la dignidad. Dicen que la prohibición es una cuestión de dignidad. En el telediario de la 1 les ayudan poco. Sacan imágenes de deportistas de élite (y de elite) con camisetas llenas de anuncios. Demagógicamente, pregunta el telediario, ¿ya no podrán seguir anunciándose? El hombre anuncio porta dos carteles, uno frontal y otro dorsal, que cuelgan de sus hombros unidos por correas. ¿Cuánto pesan los carteles? El peso de la dignidad. ¿Pesan más que las carteras escolares? ¿Y si subieran el sueldo a los hombres-anuncio? El precio de la dignidad. En algunas ciudades regalan billetes a los mendigos para que se vayan bien lejos. Para que no vuelvan. Hay regalos envenenados. Como las prohibiciones. Pobres hombres anuncio, pobre dignidad.
