Más dinero

Dice el Papa que el dinero no vale nada. Las caídas en la Bolsa le dan la razón. Siempre sospeché que la Iglesia entendía más de economía que de sexo. ¿Alguien entiende de sexo? ¿Alguien entiende de economía? Todas las semanas echo la quiniela. Como no conozco el futuro, no acierto. Los economistas tampoco conocen el futuro. Nadie lo conoce, ni el Papa. Si pudiéramos correr una cortina y divisar el futuro, nos asustaríamos. Nos entraría pánico. ¿Qué habrá al otro lado? Como mirar a través del espejo. Como acariciar tu sombra. Acercarte a tu sombra y pretender borrarla con una goma. O con típex. Borrar el pasado, ¿para qué? Se supone que el futuro no está escrito. Si el dinero no vale, el futuro es un valor en alza. Una acción a corto y largo plazo. De jóvenes se apuesta por el corto plazo. La madurez implica sentarse, en un sillón mullido y confortable, y esperar, planificar la vida con vistas a tiempos lejanos, a las nuevas generaciones. Llega un momento en el que decir basta. Cuando ya no se dispone de todo el tiempo del mundo, cuando no quedan ratos ni para el aburrimiento, ni para pagar las letras. Es la vuelta al corto plazo, el regreso a casa, al útero materno, a la madre tierra o al infierno. Vuelta a las raíces, a cultivar el huerto que nunca se tuvo, a bañarse en piscinas semipúblicas, a contemplar desde la piel arrugada a la vecina en toples. Definitivamente, tiene razón el Papa. En tiempos de crisis, qué poco vale el dinero.
